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No puedo evitar sacar una sonrisa sarcástica, cada vez que alguien se la juega de elitista en una sociedad como la nuestra, y hablo de “elitista” como la persona que tiende a menospreciar a otra por diferencias que esta considera “inferiores”.

Para contextualizar, no puedo más que referirme al artículo escrito y publicado el finde por Adrián Cattivelli en Última Hora, en donde en un contexto de molestia hacia un estilo musical, soslaya la coyuntura en la que fue creada, para manifestar una incomodidad, que en esta ocasión, resulta en toda una clase social, o para no exagerar tanto, en un universo dentro de nuestra sociedad. Ese universo que es considerado “lumpen”, es decir, marginal, y que aporta nada.

El punto es, que más allá de las posibilidades económicas de cada individuo, siempre existe la persona que dentro de su cosmovisión se encuentra dentro de una élite. Que te lo cuente Tyrell Wellick, quien en la serie “Mr. Robot”, se jacta de formar parte de un grupo de poderosos e influyentes, sólo para percatarse luego de que otros miembros de ese mismo grupo lo menosprecian de la misma forma que él ve a los demás. Un error clásico, que personalmente lo llamo “la causticidad del gil”.

La causticidad del gil
Entiéndase por “cáustico/a” a la persona que se desenvuelve como alguien crítico, irónico, y malintencionado. El problema resultante, es que dentro de su propia mordacidad, la mayoría de las veces se ve envuelto en lo mismo que critica con displicencia, sólo que en diferentes niveles, como en el video anterior.

Tyrell Wellick mr robot serie1

Notablemente, esto pasa en absolutamente todos los niveles, me pasa a mí, y fija que te pasa a vos, cuando sin dimensionar, nuestras palabras se convierten en guillotinas infalibles, como si fuésemos pasibles de todo tipo de crítica o errores. Creemos así, que estamos en una burbuja superior, dejamos nuestra humanidad para formar parte de la élite que todo lo ve, y todo lo puede juzgar.

Piezas de ajedrez
Para contextualizar todavía más, les cuento una anécdota. En algún punto de mi vida, me tocó charlar con una persona que sufría de trastorno obsesivo-compulsivo, o al menos, eso me comentaron. En sus momentos lúcidos, hablábamos mucho, y me enseñó inclusive a jugar ajedrez, y me mostró su forma de pensar con respecto al juego y a la vida. “Cada vez que movés una pieza, pensá qué clase de persona es esa pieza”, me comentó. “Nuestro mundo es este tablero de ajedrez, cada uno cumple una función, todos somos desechables, excepto el rey. El rey siempre sos vos, porque cuando morís, termina el juego”, agregó. “Todos formamos parte de un engranaje gigante, que desde tu punto de vista, gira en tu entorno, pero así también lo hace cada persona del mundo”.

“Fijáte en el movimiento de las piezas, los peones son los amigos o socios que no forman parte de nuestro primer círculo, son más desechables que el resto, y se mueven un sólo espacio a la vez, excepto al comienzo, cuando los conocemos recién, pero luego limitamos sus movimientos con nuestra confianza o desconfianza. Las torres son la sociedad, que se mueven sólo en líneas rectas; los caballos, nuestros amigos más cercanos, ellos tienen un movimiento diferenciado, a veces impredecibles, pero muchas veces imprescindibles; los alfiles, nuestra familia, guían nuestra conducta, y nos aceptan, a pesar de las diferencias que podamos tener, su movimiento diagonal es lo que nos ayuda a superar la verticalidad de las torres; y la reina, nuestra pareja, o aquella persona que puede ayudarnos haciendo todo tipo de movimientos, con tal de protegernos o atacar”, reflexionó.

Ese razonamiento personalmente ayudó mucho en mi carácter, y cómo manejo la cosmovisión que tengo de nuestra sociedad, pero a pesar de que en el ajedrez somos reyes, tenemos limitados los movimientos, y lo peor de todo, también somos mortales. A pesar de que somos la pieza más importante dentro de nuestro propio juego, sólo somos los peones en el juego de los demás. Y habiendo dicho eso, mirá lo que somos para el resto del universo.

Elitismo

Aunque parezca que me haya desviado demasiado del tema, en realidad, espero que todo lo mencionado arriba sirva como una base para entender lo que estoy por apuntar.

Aunque en el diccionario, la “élite”, pueda ser considerada de otra forma, a modo personal, considero a este grupo de personas como individuos que son incapaces de sentir empatía, porque después de todo, al sentirse superior a otros, consideran que sus pensamientos están más iluminados, y los demás deberían consentir lo que ellos consideran correcto, justo o incluso moral. Siempre consideré que nuestro entorno (entiéndase paraguayos) es muy susceptible al fascismo. En algún punto olvidamos nuestras raíces, y en algún punto, olvidamos que también podemos caer dentro de lo que otros elitistas consideran como “abismo”. Sostengo algo, no existe “menos humano que otro”, y hoy en día, tendemos a menospreciar a quien difiere de nosotros en música, ideología, religión, raza, etc, por distintos tipos de condicionamientos.

Por lo que, mientras no entendamos los conceptos, las bases, los fundamentos de otros pensamientos que no sean los nuestros, vamos a caer en en esa burbuja que nos asegura que nosotros somos especiales, superiores. La élite desconoce, el desconocimiento genera miedo, el miedo genera odio, el odio genera violencia, y la violencia lleva al Lado Oscuro.

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Siempre estuvo de moda marginalizar al mendigo, al cumbiero, al damnificado, al campesino, al músico, al futbolista, al artista, al paraguayo, al argentino, al boliviano, y sigue la lista con una infinita cantidad de calificativos que nos gusta incluir en nuestro propio diccionario, el diccionario del elitismo. ¿Por qué?, ¿porque nacimos diferentes, cómo?. No somos el club de fútbol que nos gusta, no somos la ciudad en donde nacimos, no somos las condiciones sociales en que crecimos, no somos nuestro trabajo, no somos nuestro entorno, no somos nuestros políticos, no somos nuestra piel, no somos nuestra ideología, no somos nuestra religión; y aunque formamos parte de una sociedad, no somos nuestra sociedad. En realidad, siempre vamos a ser el individuo marginal de otro, y allí, querido lector, es donde una vez más, “pisamos la causticidad del gil”.

Este es un tema del que se puede hablar, y mucho. Quiero saber tu opinión, y tu punto de vista. Sigamos el debate y escribíme al Twitter. Aunque no tengamos puntos de vistas similares, quiero que entiendas algo, no caigamos en elitismo, que al fin de cuentas, cuando estemos muertos, nuevamente seremos iguales.