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Rafael Barrett contra la servidumbre campesina

(Por Alicia Sánchez; Licenciada en letras (UNA, Paraguay) con maestría en Comunicación Social de la Universidad Pompeu Fabra de Barcelona, España. Preside el Centro Rafael Barrett de Ciudad del Este) No se me ocurre mejor trabajo para un periodista que combatir la esclavitud del hombre por el hombre; las mil formas de explotación con que unos extraen beneficios de muchos, reduciendo al ser humano a bestia de carga, muñeca sexual, niña criada, siervo obediente.

Es lo que Rafael Barrett, español de nacimiento (en el Cantábrico de Torrelavega, en 1876) y paraguayo de renacimiento, hizo en la serie de artículos Lo que son los yerbales. En este texto, que hoy reproducimos en su integridad, denunció ante el mundo que el negocio de las compañías proveedoras de la yerba con que se elabora la popular bebida del mate se sostenía sobre un sistema apenas camuflado de esclavismo en las profundidades selváticas del Paraguay, con la complicidad de las corruptas autoridades del Estado.

Cambiemos la yerba-mate por cualquier otra materia prima destinada al consumo masivo en las ciudades, del algodón de Virginia o de Costa de Marfil al caucho del Perú, del azúcar de Cuba o Brasil a las maderas preciosas del Congo, y comprobaremos que su descripción de la esclavitud de hace un siglo no sólo tiene un valor universal sino que, pese a los gigantescos avances desde entonces, hay mecanismos que siguen vigentes hoy en las relaciones entre trabajadores y explotadores.

El anarquista Barrett tiene 32 años cuando publica Lo que son los yerbales entre el 15 y el 27 de junio de 1908 en El Diario de Asunción, la capital de Paraguay, un informe-reportaje que descubre cómo “la explotación de la yerba-mate descansa en la esclavitud, el tormento y el asesinato”. El autor ofrece detalles tan atroces que se apresura (para aplacar la tendencia del incrédulo lector a digerir lo impensable negándolo por exagerado o fabulado) a aclarar de entrada que se basa en testigos presenciales “confrontados entre sí y confirmados los unos por los otros”. Y puntualiza: “No he elegido lo más horrendo, sino lo más frecuente; no la excepción, sino la regla. Y a los que duden o desmientan les diré: ‘Venid conmigo a los yerbales y con vuestros ojos veréis la verdad’”.

Antes de consagrarse al periodismo y el activismo social, Barrett recorre el Paraguay profundo por su trabajo como agrimensor. En el inicio del primer artículo, La esclavitud y el Estado, resume la realidad que ha encontrado: “El mecanismo de la esclavitud es el siguiente: no se le conchaba jamás al peón sin anticiparle una cierta suma que el infeliz gasta en el acto o deja a su familia. Se firma ante el juez un contrato en el cual consta el monto del anticipo, estipulándose que el patrón será reembolsado en trabajo. Una vez arreado a la selva, el peón queda prisionero los doce o quince años que, como máximo, resistirá a las labores y a las penalidades que le aguardan. Es un esclavo que se vendió a sí mismo. Nada le salvará. Se ha calculado de tal modo el anticipo, con relación a los salarios y a los precios de los víveres y de las ropas en el yerbal, que el peón, aunque reviente, será siempre deudor de los patrones. Si trata de huir se le caza. Si no se logra traerle vivo, se le mata”.

Barrett se entrega a una misión esencial del periodismo: revelar la explotación y el engaño, llamando a las cosas por su nombre. Legalmente, en el papel, el trabajador es un hombre libre que ha firmado voluntariamente un contrato, pero en la práctica toda su vida está en manos de la compañía que lo usa. Esa compañía se lucra con él doblemente, explotando su energía hasta la extenuación por una cantidad irrisoria, y recuperando ese salario con creces al venderle a precios abusivos, como proveedor obligatorio y único en aquella soledad del yerbal, todo lo que puede consumir, desde un paquete de cerillas a una prostituta.

Curiosamente, en este texto casi los únicos nombres propios, aparte el del presidente de la República, Cirilo Antonio Rivarola, que decretó el derecho del patrón a apresar al peón que abandonara su trabajo y a cargarle los gastos al desgraciado fugitivo, o el de unos “señores Casado”, son los de las empresas acusadas, la Compañía Industrial Paraguaya y la Matte Larengeira. No nombra a un solo explotado, como si así confirmara que los desposeyeron de su identidad; y de entre todos los latifundistas, capataces, comerciantes, empresarios, accionistas, jueces y políticos que se lucran con el negocio apenas se revelan algunas iniciales, como si, al contrario, así se reflejara la impunidad que disfrutan. Y sin embargo, pese a carecer de nombres, de testimonios directos, de personajes, la descripción desborda humanidad.

El relato es sintético, rápido, directo, urgente, como si careciera de tiempo para amplificarlo y ramificarlo con historias particulares. Es un guión que describe de una vez por todas el negocio esclavista, para que todo el que lo lea, lo comprenda, y, a continuación, actúe. La voz indignada del periodista que denuncia el genocidio laboral en el Alto Paraná da unidad a todo el texto. Pero aunque en un momento de arrebato exhorta a su pluma a que se clave metafóricamente como una espada en el cuerpo de los verdugos, hasta la empuñadura, su análisis discurre siempre sujeto a una lógica implacable, con una precisión y una claridad de instrumento quirúrgico. Acusa con todas sus ganas, pero mantiene sujetas las riendas de su discurso.

En su informe abarca las leyes que legitiman la explotación, describe las relaciones de connivencia entre yerbateros y autoridades (“que se compran mensualmente mediante un sobresueldo, según me ratifica el señor contador de la Industrial Paraguaya”), mide el volumen del negocio, con datos como que “de quince a veinte mil esclavos de todo sexo y edad se extinguen actualmente en los yerbales del Paraguay, de la Argentina y del Brasil”, o que “un setenta por ciento de los arreados al Alto Paraná son menores” de edad. Barrett cuenta cómo el enganchador, el agente de la empresa, recluta a los desgraciados trabajadores (que no son indios ni negros, carne habitual del yugo, sino, precisa, inmigrantes o descendientes de inmigrantes de raza blanca) pintándoles “el infierno con colores de El Dorado”. El engaño del traficante que vende al necesitado el sueño de un trabajo funcionaba entonces y funciona ahora. Cuando dice Barrett “así se arrean las muchachas del centro de Europa prostituidas en Buenos Aires” es como si hablara de la trata de blancas de hoy y de aquí. La llave que convierte al trabajador libre en esclavo y cierra el candado de su cadena es el anticipo: el dinero adelantado que el obrero agrícola se gastará irremediablemente en un día de gloria y libertad antes de partir arreado para la selva, se transforma en una deuda imposible de saldar.

Es esa variante de esclavitud (los organismos internacionales lo denominan en inglés bonded labour or debt bondage) que, por ejemplo, en Pakistán o la India ata de por vida al obrero y a toda su familia a la fábrica de ladrillos para, en una inversión abominable de la lógica, pagarle al patrón. La idea del anticipo o préstamo a cuenta del salario futuro, que somete a quien lo recibe a su explotador/acreedor, puede recordarnos hoy (en tiempos de crisis y salvando las enormes distancias) el mecanismo de los créditos y las hipotecas agresivas que endeudan a los trabajadores contemporáneos y los abocan a trabajar toda la vida para saldar las deudas en un plazo de treinta, treinta y cinco o cuarenta años, con el miedo permanente a que si pierde o deja el trabajo perderá también su casa y aun así seguirá siendo deudor.

[quote align=’left’]Lo que son los yerbales le costó a Barrett el ostracismo en la prensa paraguaya. A los pocos meses lo expulsaron del país por la rebeldía de sus textos y su activismo a favor de un movimiento incipiente de trabajadores. Pero este texto se convirtió en un clásico de la crónica social latinoamericana y él en un autor fundacional de las letras de Paraguay[/quote]Barrett, apelando repetidamente a la atención y a la empatía del lector, explica el negocio esclavista del yerbal con exhaustividad: las fases del trabajo, su vocabulario, los oficios, sus sueldos, qué bazofia comen, en qué cuchitriles duermen a la intemperie, qué enfermedades sufren, cómo los torturan y cazan cuando huyen, qué animales los acechan. Esta enumeración de extrañas especies de nombres guaraníes parece sacada de una pesadilla: “El yarará, víbora rapidísima y mortal; las escolopendras y los alacranes que caen del techo; el cuî, pique imperceptible que abraza la epidermis; el yate’í pytá, garrapata colorada que produce llagas incurables; la ura de los yerbales, mosca grande y velluda, cuyos huevos, abandonados sobre las ropas, se desarrollan en el sudor y crían bajo la piel vermes enormes que devoran el músculo; la legión terrible de los mosquitos, desde el ñati’ucabayú al mbarigüi y al mbigüí microscópico que se levanta en nubes de los charcos y provoca accesos de locura en los infelices privados hasta del leve bálsamo del sueño…”.

Tras describir la degradación del trabajador esclavizado hasta convertirse, si sobrevive, en una piltrafa liberada al fin sólo porque ya es inservible, Rafael Barrett culmina su denuncia con el análisis del botín económico y un porcentaje: el 44% de beneficio que genera esta impune estructura criminal.

Lo que son los yerbales le costó a Barrett el ostracismo en la prensa paraguaya. A los pocos meses lo expulsaron del país por la rebeldía de sus textos y su activismo a favor de un movimiento incipiente de trabajadores. Pero este texto se convirtió en un clásico de la crónica social latinoamericana y él en un autor fundacional de las letras de Paraguay, pese a que este coetáneo de la Generación del 98 aún sigue siendo muy poco conocido en su España natal. En su introducción al volumen Hacia el porvenir, una colección de tres ensayos entre los que se cuenta este texto, reunido en forma de libro por la editorial Periférica de Cáceres en 2008, Francisco Corral nos recuerda que Augusto Roa Bastos consideraba a Barrett su referencia y que Jorge Luis Borges lo tenía por un genio.

Volvió a Europa enfermo de tuberculosis en busca de un último remedio. No había cumplido 35 años cuando murió el 17 de diciembre de 1910 en la localidad francesa de Arcachon, cerca de Burdeos. Estaba exhausto. Pero, al leerlo hoy, su grito de libertad y justicia vuelve a resonar lleno de vida, y su voz de hace un siglo nos anima con indignación poderosa a liberarnos de las grandes y pequeñas esclavitudes cotidianas que no nos dejan ser. Su ejemplo pervive. La lucha sigue.