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Que los ancestros nos demanden

(Por Chepi Giménez) Cada vez que miro a mi alrededor me doy cuenta del disparate de vida que nos vino a tocar. Nos hacen estudiar a personas que, justificadamente o no, hicieron historia, y luego nos dicen que no nos creamos capaces de hacer tales cosas, que eso era de tiempos pasados y que ahora solo hay que comprar y vender, y mientras más compres y menos vendas mejor para el mundo, total quienes hacen el mundo son los que más venden, quienes hacen hoy las biografías de mañana, esas que duran 15 minutos y se transmiten por cable a la hora del sopor. Y no, nunca vas a salir en la tele.

Y me resisto. El debate eterno existe, me digo. La dialéctica del hambre todavía mueve el mundo, y el amor aún escribe las canciones, esas que ayer se regalaban y hoy se compran por Internet, a través de un equipo también comprado y pagando una cuenta que en su momento también se compró. Siempre comprar, y el que no tiene no cuenta. Casi ni existe.

Pero, en realidad también el que no tiene tiene: tiene hambre y sed, tiene pies fríos y tiene un agujerito ahí en el medio que o se llena de kunu’u (guaraní: cariño) o se ahoga con Uvita. Y si ni para Uvita alcanza, cualquier reemplazo embotador sirve, total lo que se quiere es parar ese mundo que duele, aunque sea por una hora. Y después de esa hora el mundo duele más, pero qué carajos importa: el mundo tiene una hora menos de viejo y de podrido. Y nosotros también. Si señor, qué más da.

Así vivimos muchos, quizás los más hoy. Y mientras debato estas cosas que al final van a durar menos que 5 minutos en un feed me doy cuenta de que sólo queda una cosa que mantiene al mundo dando vueltas en una órbita fija alrededor del Sol: la angustia. Esa sensación querer vencer al mundo en pulseada aún sabiendo que vamos a perder, de saber que morir puede ser lo próximo que hagamos; eso que nos recuerda que la noche se tiene que acabar y que el cuerpo de esa mujer no es infinito, aunque así parezca; saber que dentro de cinco días hay que pagar la luz y que mañana o me pongo la vacuna o me agarro una caracha. Eso que nos empuja a vivir como inmortales con la conciencia de la muerte entre las cejas. Señoras y Señores, Su Majestad La Angustia.

Sin angustia nadie viviría pendiente de las cuentas o de los plazos para entrega de trabajos, no se tomarían las cosas “en serio”, no habría bancos ni colegios ni Universidades, y por supuesto no habría genios ni héroes a quienes estudiar.

Nadie se preocuparía por engrandecer su civilización ni por defenderse de sus enemigos, nadie trabajaría horas extras ni más de lo que le provea comida para el día, no habrían filas de pago, ni micros que se atrasan. Va, no habría micros, ni suicidios, ni Valium ni Prozac; no habría hambre ni superpoblación, no tendríamos ni efecto invernadero ni petróleo en las aguas, no conoceríamos la peste ni la sífilis ni los cementerios ni a Nada. Tendríamos todo lo que en realidad nos hace falta: comida suficiente, agua en abundancia y un busto suave sobre el cual reposar la cabeza cansada de tanto no hacer todo. Seríamos libres de algo que ni siquiera conoceríamos, la angustia. Seríamos libres. Punto.

Tal vez, sólo tal vez, seríamos como nuestros ancestros: Toba, Yshir, Aché, Inca, Zapoteca, Mazatleca, Charrúa, Sioux, Suwamish o Maya.

Tal vez, y sólo tal vez, algún día volvamos a serlo.