ArticulosTop

No juzgues a un libro por su portada ¿o sí?

(Por Augusto Ferreira, abogado y escritor) Suponte que alguna vez quisieras publicar un libro.
“La portada no importa demasiado…”, podrías llegar a pensar, cuando te das cuenta de que va a ser más cara o difícil de lo que esperabas.

“Finalmente, escribí una obra maestra. La gente va a leer mi trabajo de igual manera”.

Pero pongámoslo así: Si viniera alguien con un libro de autor no conocido, y te lo pusiera delante, al ver la tapa pensarías: “Pudo haberla hecho muchísimo mejor…”. ¿No es más fácil imaginarte que la historia de ese libro podría ser de la misma calidad que la de su portada?

“¡Pero es buenísimo! No juzgues a un libro por su portada”, te podría responder.

Para saber: Éste refrán se utilizó por primera vez en el año 1860, de mano de George Elliot, (Pseudónimo de Mary Ann Evans), en su libro The Mill on the Floss (El Molino del Floss en inglés), y pese a que en realidad es una metáfora de “No Juzgues Sin Conocer”, es común que nos refiramos a ella en su significado literal.

Sin embargo, vivimos tiempos modernos. Las distracciones abundan, los autores y sus ideas proliferan más que nunca antes en la historia de la humanidad. Llegará el momento en que habrá más libros publicados que personas que los lean. Entonces, con tantos medios y tantos libros compitiendo por nuestra atención, ¿dónde queda este famoso refrán?

Una de las primeras portadas para El Señor de los Anillos, dibujada por JRR Tolkien.

Antes de que el diseño gráfico y los artistas se dedicaran profesionalmente a crear portadas para libros, las novelas y demás textos sólo se diferenciaban entre sí por las leyendas en las tapas. Una, era la del título del libro en cuestión, en letra de imprenta, y la otra era una leyenda que indicaba al autor de la obra, impresa en letra más pequeña, y seguramente al pie de la tapa.

Hoy día, esas ediciones son costosísimas, y el papel y la tapa dura son el formato actual. El tiempo y los materiales hicieron que las editoriales y los autores se vean forzados a ganarse nuestro tiempo de maneras más elaboradas.

Hace poco fui a una banca (Revistería), y cuando vi este increíblemente grande y colorido libro de Steve McCurry (Fotografía), llamó mi atención la gigantesca imagen de portada. Era la fotografía a todo color de un barquero de Asia Central, rodeado de flores y navegando el río al amanecer. Los nombres del autor y del libro estaban grabados en letras de plata. No sabía qué con qué me encontraría, pero inmediatamente lo intuí, y supe que amaría ese libro.
Pensando en eso, empecé a mirar las tapas de otras obras, y quedé fascinado por la cantidad de libros interesantes que estaban en exposición, pero interesantes no porque el tema atrajera mi curiosidad, sino porque sus portadas estaban diseñadas con tal maestría, que invitaban a la lectura.

“Todos mis amigos están muertos”, cautiva con un título mórbido, un dibujo casi infantil, pero que resulta un indicativo de lo que encontraremos en su interior. Y pese a todo, parece una portada del tipo “Hágala usted mismo”. Brillante le queda corta, y ciertamente queremos saber qué pasa con el dinosaurio en ella.

Ejemplares cuyo trabajo artístico sobrepasan al de cuadros modernos y pósters de cine, y que más allá del contenido fantástico o no que contengan, resaltan a la vista la diferencia entre leer en una computadora, y sentir el arte en los dedos. Dice Diego Cuevas para JotDown, en su artículo Anatomía de un Libro: “El auténtico encanto de la página tangible reside en esas ediciones esculpidas a partir de la reverencia por el formato palpable, en aquellos esfuerzos por ofrecer un producto físico de estructura inimitable en otro medio”.

Y no puedo estar más de acuerdo. La portada es un arte en sí, y en este mismo artículo, su autor recopila los casos más extravagantes en los que la literatura se ha mezclado con experimentos artísticos, y han engendrado verdaderas piezas de exhibición. Así también, se encarga de darle una paliza a las portadas vagas y recicladas que acostumbramos ver de vez en cuando.

Ésta edición de Danza de Dragones (Una canción de fuego y hielo) de la Editora española Gigamesh sin dudas es impresionante.

Cuenta Vicente Rojo, el diseñador de la portada original de Cien Años de Soledad, en una entrevista para El Heraldo, de Colombia: “Gabo me pidió esa portada dándome el manuscrito y fui uno de los primeros en leerlo”, relató agregando que “me di cuenta de lo excepcional de la obra y de lo difícil que era sintetizar esta novela en una portada”, reconoció.

“Contra la Felicidad” se presenta como una pieza brillante del diseño gráfico.

Como lector, creo que los escritores tienen la obligación de cerciorarse de que sus portadas sean capaces de reflejar, por lo menos un fragmento del espíritu de su obra. Y si bien sabemos que ello tiene sus costos, grandes ejemplos hay en la historia, de que no se necesita un trabajo demasiado elaborado para atraer, sino que sólo basta un poco de creatividad.