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Marcha Estudiantil: ¿Qué cambiar?

Hace tiempo que no escribo nada que responda a un hecho/demanda/indignación actual. Supongo que me situé muy cómodamente en una nube de análisis de comportamientos culturales y su relación con el sistema social que tenemos.

Haré un breve paréntesis y me bajaré de esa nube. Quiero pensar con ustedes, queridos lectores, qué implica o debería implicar una educación de calidad, la cual es la consigna de las últimas protestas y manifestaciones estudiantiles, iniciadas en gran parte por lo hartos que nos tienen los hechos de corrupción. Más, otra vez, en la Universidad Nacional.

Pensé en esto gracias al análisis en una columna periodística sobre la solicitada educación de calidad. El autor de dicha columna cuestiona: “En primer lugar, no queda claro a qué tipo de educación se refiere.” Manifiesta que, si se tratara del modelo de la reforma educativa cuyo marco referencial viene del BID y otro tipo de entes, “Ese que permite memorizar, pero no reflexionar y menos expresar ideas con lógica moderada”, no estaría motivado para pelear por su perfeccionamiento.

Las interrogantes y dudas planteadas sobre esta cuestión son, desde mi punto de vista, bastante justas. La discusión no se limita a un bulebú teórico, sino a toda una proyección de posibilidades prácticas. Qué consideramos educación y qué pretendemos hacer con ella, es algo que tenemos claro, y no tanto. Claro porque si uno estudia puede ser que quizás tal vez tenga un trabajo donde gane buena plata. No tanto porque, a la larga, tenemos que ver si eso cambia algo. Si qué construyó hasta ahora.

Para muchos la piedra del escándalo es la corrupción en la UNA. Que la más grande y tradicional casa de estudios terciarios del país se vea en medio de esta clase de denuncias llega a todos los círculos, hasta en los más altos del poder económico, académico y político. Pero yo quiero bajar un poco más. El escándalo con la educación es que la misma siga sin poder siendo de acceso a todos. Que sea opcional, o trabajar o estudiar, ni empedo las dos cosas. Y si vas a trabajar para estudiar, tenés que trabajar mucho, porque estudiar es caro. La instrucción que de acceso a mejores posiciones de mercado está al alcance de los que ya están mejor posicionados en el mercado. Círculo cerrado.

Aquí es donde quiero hacer la primera cita de un intelectual muy importante, y que pensó para qué tienen que pensar los intelectuales. Para qué educarse, ser intelectual y pensar. Jean Paul Sartre, al ser preguntado sobre su rol como intelectual, prefiere responder sobre el rol en general del mismo. Y dice: “Un intelectual aparece a partir del momento en que el ejercicio de este oficio hace surgir una contradicción entre las leyes de ese trabajo y las leyes de la estructura capitalista”.

Te instruís y preparás, gastás plata y quemás el coco. Con la promesa televisiva de que si estudias trabajarás bien y serás feliz, salís a competir y desplazar o ser desplazado. A trabajar por placer pero con la necesidad de que si no sos competitivo te vas. Si no sos phd máster suma cum laude con 10 años de experiencia laboral y 25 años de edad te vas. ¿Y la plata que hacés es sobre todo para vos? ¿Me sirve mi educación a mí? ¿O a alguien más, todo o sobre todo?

Fotografía de @isabelramcabs.
Fotografía de @isabelramcabs.

Segunda cita, sobre la función de los intelectuales. Esta vez, mi diva número uno, Slavoj Zizek. Lo que dice respecto al uso público de la razón y las universidades no tiene desperdicio: “hay un ataque feroz… para transformar a las universidades, de ser espacios de libertad (por más ilusoria que fuera) a transformarse en unas gigantescas fábricas de expertos… los poderosos necesitan sicólogos para que les digan cómo controlar a las masas, urbanistas para estructurar los suburbios y que las masas no puedan juntarse… no es esto por lo que necesitamos de los intelectuales más que nunca. Un verdadero intelectual no resuelve problemas puestos por otros, sino reflexiona sobre ellos. ¿Qué pasa si hay un problema de cómo percibimos la dificultad? ¿Si cómo lo formulamos mistifica el problema?”.

Paraguay necesita más ingenieros, más urbanistas… World Trade Center y eje corporativista en Santa Teresa. Tiene algún sentido lo que dice Zizek.

Y más sentido tiene la reflexión sobre los intelectuales que hace Antonio Gramsci. De él es una famosa frase: “Todos los hombres son intelectuales… Solo que algunos cumplen esa función específica”. Pero antes de seguir con lo de las funciones, quiero citar un párrafo de Néstor Kohan en su libro Gramsci para principiantes:

“Al reflexionar sobre la hegemonía en su versión pedagógica, Gramsci reflexiona en sus Cuadernos que entre el maestro y el alumno debe haber una relación dinámica. Rechazando la pedagogía verticalista de la ilustración, Gramsci cree que el alumno es activo y que el maestro debe ser (re) educado dentro de esa relación”.

Todos tenemos intelecto, y podemos ejercitarlo. Por tanto, todos somos intelectuales. No existe sujeto rechazable por la instrucción académica, sólo banales divisiones con origen en el iluminismo, como también lo afirma Sir Ken Robinson. La educación es, en todos sus fundamentos, un derecho humano. Y no porque lo digan miles de documentos. Es porque ayuda a las personas, no solamente a laburar y comer y reproducir un modo de producción. Sino a cuestionarse y ver cómo podrían cambiarlo.

Quizás por eso es que, hasta ahora, la educación es un paquete que viene de arriba y, ni aún así, accesible universalmente.

De qué podemos hacer con la educación hablan dos académicos con compromiso.

Noam Chomsky escribió un ensayo La Responsabilidad de los Intelectuales, sobre el rol de la inteligencia para descartar los seudo argumentos detrás de las guerras, las políticas de austeridad y los atropellos a los derechos humanos. La teoría debe servir para identificar (como lo hizo Chomsky de forma brillante) las técnicas de manipulación mediática y cómo pensar críticamente.

El pensamiento crítico continúa con lo que plantea David Harvey en una alocución en Bloomsbury, el año de la caída de Lehman Brothers y el inicio de la gran crisis de nuestro tiempo. El identifica los momentos dialécticos y sus dinámicas en la naturaleza, la tecnología, la organización de la producción y las relaciones humanas. Todo esto conforma al sistema que generó la crisis. Para él: “Una crisis es un proceso de reconfiguración de estos momentos. Entonces, tenemos que pensar qué hacer cuando se pueda dar esa reconfiguración y orientarla a cambiar la sociedad a algo diferente al profit making… a que pueda llenar las necesidades humanas”.

“Para conseguir ese cambio social… necesitamos pensar en cómo cambiar esos momentos que están dialécticamente relacionados. Podemos comenzar con cualquiera de ellos. Pero, para eso, necesitamos movernos, el conocimiento, la imaginación. Necesitamos de los científicos y de mucha, mucha gente… estos recursos están apresados por las estructuras académicas…”

¿Podrían estas reflexiones apuntar a lo que creemos debería ser una educación de calidad? ¿Es esto lo que pretenden las autoridades cuando dicen que quieren que Paraguay tenga más educación?

Son preguntas interesantes que hacerse. Sin demasiada formación específica en el tema (y eso se nota) creo que entiendo qué pido cuando digo: “quiero una educación de calidad”.

Creo que, antes que expertos, quiero, para comenzar, gente que critique más. Para continuar con una educación para todos, para que comamos, pensemos y sigamos cambiando.