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Ya no sé que pasa en Paraguay. Tengo 28 años, trato de ser buen ciudadano, pago el alquiler en algún lugar del Barrio San Pablo, le cuido a mi gatita, laburo por dedocracia del destino, pero al fin de cuentas, no sé qué pasa en mi país. Mucho menos sé, adonde vamos a parar así.

Y tengo miedo. Las noticias dan miedo. Niña violada y embarazada a punto de perder la vida. Campesinos sin tierra, aún buscando justicia o algo de tierra. Adolescentes que se drogan y no saben que se están metiendo al organismo, y mucho menos manejan plan de contingencia ante eso. Deudas públicas se acrecientan ante el poco nuevo acceso a nuevos puestos laborales. Llueve, y las zonas urbanas -y hasta la Capital, Asunción- se inunda ¿Y qué hacen los posibles candidatos a intendencia? Misma escuela, no dicen nada nuevo. Periodistas asesinados, veo hoy como nunca antes. Aterrador. Escalofriante. Campesinos son asesinados en un caso que aún pregunta “¿Qué pasó en Curuguaty?” Y hoy, muere un político a mano de una bala con trayecto narco. Se habla de mafias instaladas, y el Ministro del Interior asegura un plan de contención junto al Presidente Horacio Cartes, en un tweet, o sea wtf.

Tengo miedo. Y eso que no soy miedoso, aunque si veo una cucaracha, tampoco salto a matarla, ni que decir si veo un escorpión cerca. Claro que tengo miedo, somos vulnerables y finitos en este envase de piel y huesos. Pero la mente trata de navegar hacia su libertad en su constancia de búsqueda de verdad, rodeado de miedo, de intriga, de preguntas sin respuestas, de rumbos que no son, y de rumbos que parecieran prometen balas y sangre, y no seguridad y paz.

Se habla de juicio político, de estrategia de bandera, de un país gobernado por zonas liberadas a los carteles y mafias. Los medios, algunos pocos siguen la nota de lo que sucede, pero al final del escalón estamos los de siempre, los ciudadanos de un país, atento a respuestas que no llegan o que no se ven ni se escuchan.

Hace casi un año, enfrente mismo de la casa donde vivo, en una esquina casi detrás del Abasto, me apuntaban con una pistola para sacarme lo poco que tenía sobre mi aquella tardecita: billetera con documentos y algunos billetes, un S4 nuevo, y preservativos y esas cosas. El momento, pasó rápido, alguien bajó de una moto, me encañonó de hacia atrás, y vi mi vida pasar a lo The Flash frente a mi. “Llevá todo, no me importa, no dispares”. Solamente dije eso, sobrevivir sin pelear, casi a la suerte, entre miedo y una noche que venía encima. Quien me encañonaba era solamente un adolescente, muy nervioso, le temblaban las manos y el fierro que sostenía. Me recompuse casi un mes después, de todo el shock.

Y creo me convertí en un cagón. Y en un plagueón. De esos que detestaba cuando yo era adolescente, de esos que “Ay! problemas de grandes, que aburridos”. Crecemos, y no nos da respiro para pensar si ser bala o quien recibe el disparo, sea un disparo físico o uno intelectual o almático.

Paraguay, al día de hoy 5 de mayo del 2015, sigue con miedo, sin recuperarse de la sombra de la tortura a la libertad y los derechos humanos de la época de la dictadura de Stroessner. Gobiernos suben, bajan, entran, salen, y solamente nos demuestran lo que no queremos admitir: somos una sociedad con 15 años de retraso mental, auspiciada por el tercer mundo, y el manejo burdo de la política pública.

Eduardo Galeano, hablaba del miedo como motor de cambio, y también del miedo como parásito social -el velo a la realidad-. Y mientras se hable de suba y baja de dólar, de paladas iniciales, de futuros planes de gobierno; mientras todo eso y aquello de buenas o malas noticias, mientras tanto, alguna bala está siendo ahora mismo infundada adentro de un fierro frío, para aplacar la historia, una vez más, de ésta frágil democracia… a punta de cañón.

¿Y qué haremos con el miedo? ¿Qué hago con este miedo e incertidumbre como ciudadano? ¿Acaso se nos está siendo más finita la palabra vida en Paraguay y ya nos acostumbramos a ello? ¿Ya somos una especie de Colombia de los 80 y recién ahora nos damos cuenta? Por de pronto, sólo espero no caiga alguna bala perdida o que a mis cercanos no les llegue un robo a domicilio, ya que a veces, es un robo de la muerte sobre la vida misma.

No pedimos mucho, queremos paz. Una paz que nos está costando demasiada sangre.