Conciertos

Los Chamos del Momento llevaron rock a Ypakarai

A 55 minutos de Asunción, cerca del Ybytypanema, en la ciudad de Ypakarai, precisamente en el Hostel Anes de la ciudad, se hizo presente el rock de Los Chamos del Momento.

Pasado el año 2000 y piquito se gestaba el mix criollo que hace de vorterix con el rock moderno de Los Chamos del Momento. El proceso viene firmado por “El Triciclo de Torombolo” (2005), “EscuChamos” (2006) y “San Petillón” (2007), “El Hombre con más camellos” (2013). Y todo esto sonó, lejos de la urbe, rompiendo el silencio de una ciudad tranquila, a su vez impaciente y movida por su importancia en el departamento Central: Ypakarai.

El Hostel Anes recibía al rock entrada la noche de un sábado con clima fresco. Birra iba y venia; mucha gente, poca gente, no importaba la cantidad, sino estar y ser en donde el rock sonaba.

“Estos chicos, estos buenos nuevos chicos, necesitan más bombo” me comentaba Chupa D. mientras sonaban los que daban intro: Mala Influencia, Colvi. Esto en un entre-medio dónde se hablaba de “Hay que salir de Asunción, tocar por todos lados”. El, vocalista de Los Chamos, haciendo de público, para después enfrentarse a su sueño: agarrar aquel micrófono, que suenen los parlantes, y que inicie lo que le mueve hasta las tripas y el corazón, el rock and roll.

Arrancaba. Todo se iba a la China, como el tema que interpretaban de intro. Una tarima que no era para Axl Rose, era para aquel que se pone frente a frente con su público y en la misma altura, aquel que canta, interpreta, y te mira a los ojos, como diciendo “soy como vos”. El underground haciendo lo suyo.

Se sucedieron varios temas “La Ciudad, “En Soledad”, “La Palanca”, “Edgar”. Claro que sonaron más temas, y claro que se tomó bastante alcohol, y en su irresponsabilidad -como diría Charly Garcia “Es sólo rock and roll. Pero ya es mucho para vos”- este cronista no recuerda absolutamente un carajo en su laguna mental. Sí recuerda este cronista que, hace mucho tiempo no siente el rock en vivo, como en este concierto.

No. No habían 10.000 personas, no era un pogo de 200 personas empujándose, sudando y coreando como adolescentes hormonales a punto de explotar. Era como una conversación íntima, a la luz de la luna, por la noche, sentado con tu mejor amigo para liar y fumar, y escuchar, escuchar más allá de lo que suena, escuchar más allá de lo que se veía, y escuchar más allá de lo que conocemos como “show”. No hubo show, no habían trapecios de luces automáticas, mucho menos había PA con consola automática. Había rock, quienes lo hacían ya no importaba.

Sonaba Coñales. El hostel tenía gente repartida en todo su predio: el que seguía enfrente al escenario, el que estaba en la cantina mirando fijamente al escenario -casi como mirando a una bailarina en paños menores-, el que hacía nueva amistad con alguien, la que se acomodaba el escote, el que invitaba un pucho al saludar, el que se colgaba solamente con la brisa que rodeaba su hamaca, el que besaba, la que besaba, los que se peleaban, los que se amaban, los que en conjunto hacían que esa noche sea especial: los que entendían que el rock and roll no necesita un lugar específico, sino que puede sonar acá (en Asunción, Ypakarai) y en dónde sea.

“Boludo, ya es re tarde, tenemos que volver a Asunción, hay control” Era hora de volver a la ciudad del ego, de la maquinaria, del hombre con más camellos, del rock encajonado, de cajetilla como cigarrillo en punto de venta, de rock en boliches y con micrófonos guionados. Fisura. No quería que termine, y no quería volver. Fisura por querer quedarme a escuchar más. De agarrar la cerveza y no chuparla sino saborearla como el momento: dulce, underground: desde dónde se traza el camino de lo atemporal.

El resto, que te lo cuente la música cuando la sentís por dentro erizando la piel y todos tus sentidos. Solamente me acuerdo que fue una noche rock and roll, ni me importaba quien o quienes estaban en el escenario, era volver a enamorarse de ese caos divino que embellece las notas y que cae como una rocka a la cabeza. El resto, que te lo cuenten los chamos.