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La pornografia y la mujer

(Por Paola Sosa) Mi cuestionamiento acerca de las mujeres y la pornografía acrecentó cuando unos meses atrás, en la previa del inicio de una película en el cine, vi el tráiler de “Don Jon”, una cinta protagonizada por Scarlett Johansson y Joseph Gordon-Levitt, que narra la historia de un joven adicto al porno, y todo lo que, tal vez, deviniera con esa adicción: problemas de relacionamiento, insatisfacción sexual con su pareja, aislamiento, obsesión por lo físico, y otras supuestas consecuencias que podrían ser más relativas que generalizadas.

Hago esta introducción por una peculiaridad: durante la proyección del tráiler, en el momento en que el papel, interpretado por Scarlett, “pilla” a su novio viendo pornografía, parecía ser que todas debíamos indignarnos o sentirnos apenadas por él, al menos fue la reacción que percibí del público femenino. Si bien, el contexto de la película en sí retrata la vida de un adicto, y las adicciones nunca traen cosas buenas, esos pocos minutos en que se lo ve a él disfrutando de un video XXX, y detrás a una Scarlett horrorizada, denotaba solo eso, un hombre mirando pornografía. Ni más ni menos.

Entonces fue cuando me sentí fuera de lugar con respecto a mis pensamientos en comparación al casi unísono femenino, ya que lo primero que se me vino a la mente al ver esa escena fue “¿por qué el enojo y el escándalo?”. Y posterior a eso, una serie de preguntas que me hacía en relación a la pornografía y la mujer, decantando en una interrogante principal: ¿Las mujeres gustan de la pornografía tanto como los hombres, y simplemente temen afirmar
eso?

Partamos de la definición connotativa de pornografía. Encontré una que, a mi criterio, la describe tal cual, la pornografía es una obra literaria, artística, cinematográfica, que presenta o muestra actos sexuales de forma explícita con la finalidad de excitar sexualmente.

De las amigas íntimas que tengo, que no superan los dedos de las manos, una me confesó que mira pornografía. Y que lo disfruta. Que la ayuda a desinhibirse y a explorar su sexualidad.

Confesó también que antes de descubrir que sentía placer con el “cine prohibido”, tenía un preconcepto de los motivos que llevan a uno a buscar la excitación a partir del mismo. Un preconcepto basado en el “¿Por qué mi pareja busca la pornografía, acaso no le excito lo suficiente?”. O simplemente en la idea de “es pecado e inmoral”.

Supongamos que de diez mujeres, tres confesaron el placer que les causa mirar porno. Las otras, quizá miran y les da pudor admitirlo, y luego está el otro grupo que simplemente no lo hace.

Intrigada por los porqués de las mujeres que no miran porno y no lo harían, indagué un poco más hasta obtener algunas respuestas:

– “Nunca vi, y fue tal vez por como fui criada, por el tema de la moral, porque en teoría no se

debe…”

– “No tengo momentos a solas para hacerlo…”

– “Es destructivo, puede ser adictivo. Destruye la relación de pareja. Prefiero la literatura

erótica”

– “No me atrae”

– “No me gusta porque me da asco”

Y finalmente viene mi opinión sobre esto. La pornografía en sí tiene un único propósito desde su concepción original: que te excites, que sientas placer, que te autoerotices, que explores tu cuerpo, o el de otra persona. Puede estar expresado en audiovisuales, en libros, en fotografías, en pintura. La pornografía no busca destruir, sino contribuir a tu mundo de imaginación y exaltación sexual. Particularmente repruebo el origen de su acepción etimológica (proviene del griego porne “prostituta” y grapho “yo describo”, por lo que significa “descripción de la prostituta”), pero admito que su finalidad es brillante.

Las formas en que se presentan, la distribución masiva indiscriminada, las prácticas sexuales irregulares que atentan contra la integridad de sus protagonistas, la adicción y la falta de autocontrol al punto de tomarlo como vicio, y todo lo negativo que pueda generar su consumo, es una distorsión que el mismo hombre la genera, proveniente de factores externos en los que la pornografía no tiene incidencia, solo es una variable más.

Recuerdo que años atrás, un amigo que estuvo por Japón, me prestó un libro nipon con historietas pornográficas, conocido como Hentai. Algunas las consideré sumamente excitantes.

Otras realmente repugnantes. Pero lo segundo no me hizo odiar o asquearme por la pornografía en general. Porque tengo bien definido lo que me gusta apreciar, cómo, y el placer que quiero que me cause. Es una opción personal. Como todo en nuestras vidas.

Pienso que todas las mujeres consumimos pornografía, con intensidades diferentes y materiales diversos, pero pornografía al fin. Algunas con más libertad que otras. Algunas con más culpabilidad que otras. Pero lo hacemos.

O quién no disfrutó observando su propio cuerpo desnudo, fotografiándolo mentalmente, o eternizándolo gracias a la tecnología, excitándose quizás con lo que observaba, imaginando la presencia de quien le causa placer. Quién no imaginó todas las escenas de actos sexuales descriptas por Flaubert en su novela Madame Bovary, protagonizadas por ella misma. O quién no repitió el baile sensual que Kim Bassinger le hiciera a Mickey Rourke, en la conocida Nueve
Semanas y media, película con alto contenido erótico, o en otras palabras, pornográfico.

Porque en resumen, es lo que la pornografía pretende, lograr potenciar el erotismo y la sensualidad de cada uno, disparar la libido, dando lugar a un estado de excitación que ayude a que los encuentros sexuales sean más intensos y de incansable descubrimiento de todo lo que nos despierta un placer genuino y favorable para nuestra salud mental y emocional.