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Las redes sociales se volvieron un excelente medidor de aprobación o indignación ciudadana respecto a situaciones que ocurren y transcurren en este sector del hemisferio. El sábado pasado, 11 de abril para ser exactos, una reconocida marca nacional de cerveza decidió poner letras corpóreas, iluminadas, representando su logotipo en el, nada más y nada menos que, acceso principal de nuestra casa de la Independencia. Este atrevimiento de la marca cervecera desencadenaría, horas más tardes, una reacción social caratulada de oprobio.

Establezcamos primero el error: mezclar patrimonio cultural y símbolo patrio con un gusto popular; la casa de la independencia, nuestro orgullo patriarcal, con una bebida hecha a base de cebada, cereales y alcohol. A partir de allí, lo siguiente.

Si bien, no considero que haya sido una muy buena decisión marketera, debemos admitir de manera autocrítica que es curioso como al paraguayo le indigna en extremo que “deshonren” con luces de neón un símbolo patrio pero al mismo tiempo se olvida de ellos cuando no hay carteles en 3D que puedan hacer gala de la indiferencia que lo identifica 24/7.

Nos indignamos, pero cruzamos los semáforos en rojo y pedimos al representante de la Policía Municipal de Tránsito otra oportunidad por debajo de la multa. Deberíamos patentar los semáforos como patrimonio cultural, probablemente sea la única forma de respetarlos.

Nos indignamos, pero evadimos nuestros impuestos y crucificamos a quien desee plantear leyes que lo avalen y lo enaltezcan para el bien común ciudadano. No vemos los colores rojo, blanco y azul, en la factura.

Nos indignamos, pero mantenemos nuestros pastizales y patios baldíos abandonados y sucios, atentando nuestra misma salud. Quizás el patriotismo no se refleje en el hecho de agarrar una bolsa de basura y ser limpios.

Nos indignamos, pero nos olvidamos de nuestros héroes que se jugaron la vida en batallas que lejos estaban de ser corriendo detrás de una pelota. Excombatientes que luchan por una atención médica como corresponde.

Esa indiferencia que un día cualquiera, común y corriente, se hace presente en algún lugar indefinido del territorio paraguayo, cuando al terminar el ritual de saborear 340 ml de cebada y refrescar la garganta con una pilsen’i, lejos de llegar al basurero, cae al asfalto, dando saltitos y resonando su estructura vidriosa hasta ubicarse aquella botellita, quieta y muda, en la calle. Ensuciándola.

Esa indignación ciudadana es reducida al tamaño de una pilsen’i, se disuelve en el primer trago.