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Humanidades Digitales: fantasía o py’a tarara

Este fin de semana, mi novia me pidió que le ayude con una de sus tareas y lea sobre las humanidades digitales, para que comentemos juntos que pa lo que es. Como buen lorito oga, pero también por curiosidad, me senté a leer el folleto de 20 páginas y realmente me pareció muy interesante.

El desarrollo del texto dice, más o menos, esto: En la era de la web, donde todo parece posible, estamos bombardeados de información. Con tantas cosas que queremos ver y saber, no nos alcanza el tiempo para otra cosa que leer rápido y vai vai, quedarnos con las partes más impactantes (para no decir trilladas) de las news y andar por la vida reproduciendo esa información en comentarios de fb, twitts, fotitos cool en instagram o conversaciones seudo intelectuales en bares. Para una reproducción de los datos más cercana a lo que acontece, necesitamos nuevas herramientas digitales.

Por eso me sentí identificado con lo que leí. “Kore, esto me pasa a mi” me dije. Intento leer todo y saber todo pero no entra en mi cabeza. Quiero adaptarme y saber que pasa alrededor y me apuro en leer un montón y terminó reteniendo poquísimo.

No vale la pena victimizarse. Esa es una de las cosas que tengo que dejar de hacer, y muchos que usan las redes como muro de lamentos. Nos encontramos en un momento histórico en el que lo analógico y su sistema/orden de pensamiento y forma de conocer/estudiar entra en conflicto con lo digital y todas sus posibilidades, las cuales no se limitan a funcionalidades como mails, chats o muros, sino que crean, según el mencionado folleto, una nueva forma de adquirir conocimiento y analizarlo. Una nueva epistemología

Fue esta a frase la que más llamó mi atención en todo el material.

Hay tanta info allá afuera que para recolectarla y hacer estudios serios necesitamos software para recogerlas/contarlas/filtrarlas. Porque las apps no son solo para tirar pajaritos contra chanchos o mostrarle a todo el mundo lo bien que la estas pasando… Es, para los académicos de esta disciplina/materia el punto de partida por el que comienzan a analizar la sociedad con métodos adaptados y adaptables. Hacer conteos, transcribir textos, seleccionar información interesante de forma rápida pero más que nada, precisa.

Es aquí donde entra la metáfora futbolera. Porque en fútbol no hay nada más difícil que ser rápido y preciso, jugar de a uno o dos toques y llegar al arco rival, para definir mano a mano. No sé en otros tiempo, pero me parece que en el balompié de hoy en día cuesta mucho ver precisión y velocidad, salvo en esas ligas donde se gasta dinero que no hay, que nadie mortal tiene ni imagina.

Juan Román Riquelme, uno de esos románticos de la caprichosa de Kike Wolf, dijo que en el fútbol argentino se corre mucho y se juega poco. Para Andrea Pirlo, otro de los magos de esta disciplina deportiva, los ejercicios de calentamiento son paja mental, súper aburridos. El quiere jugar y punto, correr cuando tenga que hacerlo, pero más que nada jugar.

Esa pausa taciturna, esa melancólica elegancia, como llamaba Eduardo Galeano al juego de Zidane, es lo que menos hay en el deporte rey, en este siglo XXI. Ese saber cuándo parar a pelota y en vez de tratar de ir más rápido que el que te persigue o tirar ese pelotazo a ver si alguien agarra, decidís amagar, enganchar y parar… Ver antes de pasar. Dar un pase corto al costado, o, blasfemia terrible, uno hacia atrás.

Digo blasfemia porque si hay algo inconcebible en esta ideología positivista/progre/acumulativa es ir hacia atrás. Cada vez hay más gente, la tecnología avanza, hay que hacer guita, no hay tiempo que perder. Darte un momento de respiro es un lujo de rico por el que tenes que pagar, como todo. Esto se refleja hasta en la cancha, cuando escuchas a la gente gritarle a los jugadores: “pasa pue adelante tu pelota nde tavy cornudo” y cosas por el estilo.
Para los hinchas de hoy, la fantasía de fútbol es hermosa, pero es un lujo. No hay que abusar, dicen los comentaristas, o peor aún: que bueno cuando un lujo es útil. Producto de la presión dineril empresarial e histérica de los hinchas es tener una partida de jugadores py’a tarara, rápidos y fuertes que colisionan como autitos chocadores y dan al resumen noticioso de un partido un par de jugadas bonitas. La fantasía en grandes cantidades parece algo que se terminó, para siempre.

El avance de la tecnología y de la velocidad del deporte y todo lo demás no se puede evitar. Ya está, ya está todo. Enloquecernos detrás de miles de datos web o corriendo detrás de una pelota que no tiene que parar son signos de una realidad que tenemos que saber convivir y enfrentar.

No se trata de desechar el pasado, pero tampoco de traerlo de vuelta como era. No podemos estudiar la realidad como lo haríamos con muchos libros.

La perspectiva de conocer las humanidades digitales trae la potencialidad no de ir a toda bala desordenadamente por la web, sino tener las herramientas para parar y decir: “ok, esto ordeno, esto analizo, estas herramientas me comunican, me conectan, me ayudan”. Es como la melancólica elegancia de pisar la pelota, levantar la cabeza y ver dónde está ese compañero mejor ubicado.

Porque mira vos: otra cosa en que se parecen el fútbol y las humanidades digitales es que se juega en equipo, ya que hace falta un esfuerzo coordinado y multidisciplinario para “llegar al objetivo”. Vos me pasas, yo te paso y me muevo. Nada de pelotajarismo, como el del intelectual académico que discursea y se cree un ser superior por ser un empleadito mejor pagado. La onda es colectiva, es conectarse, es saber de las herramientas digitales y las pasiones humanas. Es trabajar para entender y saber, en conjunto, como conocer mejor la realidad.

Estaría muy bueno que profundicemos si esto es, efectivamente, una nueva epistemología. Y dejar al final de la jornada los tres puntos en casa.