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Éramos caníbales y no lo sabíamos

(Por Augusto Ferreira, abogado y escritor) No siempre el término “la Garra Guaraní” significó lo mismo, pues tuvo una época oscura que involucró a nuestros antepasados, y, a diferencia de hoy, la garra guaraní de entonces, podía asemejarse a aquella del depredador que estaba listo para devorarse a su presa… literalmente.

Estas historias salieron a la luz cuando los primeros conquistadores llegaron a América, y sus relatos quedaron para siempre consignados en los libros y diarios escritos por ellos.

A día de hoy, las historias más detalladas e impresionantes, vienen de mano del soldado, marinero y explorador Hans Staden (1525-1579), y del Adelantado y gobernador Álvar Núñez Cabeza de Vaca (1490-1559).

En su autobiografía, Staden, veterano de batallas anteriores contra los indígenas rebeldes de Pernambuco, cuenta que volvía a América en el año 1549; esta vez, dirigiéndose al Río de la Plata.

Por razones del destino, el barco en el que iba, acabó naufragando en la actual Santa Catarina, y después de dos años recorriendo la región sin llegar a ningún lugar, él y sus compañeros decidieron dirigirse a Asunción. Pero para ello debían ir hasta la ciudad de San Vicente, y sólo a partir de allí podrían tomar un barco que los llevara hasta nuestra capital.

El problema es que, durante el viaje por mar a San Vicente, la nave donde se encontraban naufragó en las costas de Itanhaém (litoral de Sao Paulo), por lo que tuvieron que llegar a San Vicente caminando. Fue durante esos trajines, que a Staden y a su grupo los contrataron para defender el fuerte de San Felipe de Bertioaga, cerca del pueblo, faena para la cual ya contaba con experiencia.

Y es días después que, durante una partida de cacería, Staden es emboscado y capturado por indígenas de la tribu tupinambá (Etnia relacionada con los tupí-guaraní), quienes lo hacen prisionero y se lo llevan hasta la actual Ubatuba.

Larga historia corta, Hans Staden estuvo a punto de ser devorado por los indígenas, de acuerdo a sus costumbres, pero en vista a que ayudó a curar una enfermedad del jefe de la tribu, consiguió ganarse su favor, y así permanecer con vida. Convivió con los indígenas durante nueve largos meses, durante los cuales, no sólo consiguió presenciar sus actos rituales, sino también cada detalle de la vida y las características de estos aborígenes.

Así fue que, habiéndose ganado su confianza, logró escapar en un barco francés y llegar hasta las costas de Normandía el 22 de enero de 1555, y a partir de ahí, volvió a su hogar en Alemania.

Dos años después, su libro Verdadera historia y descripción de un país de salvajes desnudos, feroces y caníbales, situado en el Nuevo Mundo, América, era editado y distribuido por toda Europa en lo que hoy podría considerarse un bestseller internacional. Sus vívidos retratos de la brutal vida indígena, y, los aún más mórbidos detalles sobre el rito de la antropofagia, llenaron la imaginación y la curiosidad de miles de personas y culturas en todo el mundo.

Ya la primera edición fue ilustrada por el artista T. de Bry, y sus escenas nos llegan hasta la actualidad, generando una sensación de horror y maravilla ante lo que se ve en ellas.

Así que, a modo de darnos una idea de a qué clase de rituales se refería Staden, realizo la transcripción de un pasaje de su famoso libro, junto con un comentario extraído del libro Crónica Histórica Ilustrada del Paraguay, TOMO I, fragmento a cargo del antropólogo Miguel Chase Sardí.

“La antropofagia entre los indígenas, no solo se realizaba por necesidad, o sea, escasez de alimentos ante disturbios naturales, como pueden ser grandes sequías, pestes, etc., sino que también respondía según las costumbres de las diversas etnias, a ritos ceremoniales por un lado, y a venganzas hacia sus enemigos por el otro”.
En un resumen de los capítulos XXV y XXVIII de su obra, Staden narra lo siguiente:

No lo hacen por hambre, sino por gran odio y envidia y cuando combaten se gritan uno a otro con gran odio.
Cuando traen a su casa a sus enemigos, las mujeres y niños los abofetean. Después los adornan con plumas pardas, les cortan las pestañas, danzan alrededor de ellos y los amarran.

Les dan una mujer para cuidarlo y también tener relaciones con ella. Si ella queda grávida, educan a la criatura hasta que sea mayor, y cuando después se les ocurre, la matan y la devoran.

Comienzan los preparativos y preparan las vasijas para pintarlo y manojos de plumas para ser amarrados al palo con que los matan.

Señalan el día del sacrificio y convidan a los salvajes de las otras aldeas…

Llenan todas las vasijas de bebidas y conducen al prisionero una o dos veces por la plaza y danzan alrededor de él.
Cuando están reunidos todos… el jefe de la cabaña les da la bienvenida y dice “Venir, ayudar a devorar a vuestro enemigo”.

En el mismo día pintan y adornan el palo… con el que lo matan. Mide una braza de largo y lo untan con una pasta pegajosa.

Cuando el palo está preparado, con manojo de plumas lo cuelgan en una cabaña desocupada y cantan alrededor de él toda la noche…

Sacan al prisionero de la cabaña, derriban a éste, abren espacio, atan la cuerda al cuello y alrededor del cuerpo de la víctima, tirando para los dos lados…

Cuando todo esté listo, hacen fuego cerca de los pies del prisionero, que debe ver el fuego.
Hecho esto, un hombre toma la clava (garrote), se dirige al prisionero y le enseña el garrote…
Mientras tanto, el que debe matar al prisionero va con otros catorce o quince y pinta su propio cuerpo de gris, con ceniza.

El que debe matar al prisionero toma otra vez la clava y le descarga gritando un golpe en la nuca, los sesos saltan y enseguida las mujeres toman el cuerpo, lo arrastran hacia el fuego, lo raspan hasta quedar bien blanco y le meten un palito por detrás, para que nada se les escape.

Cuando ya está desollado, un hombre lo toma y le corta las piernas por encima de las rodillas, y también los brazos.

Llegan entonces las mujeres, toman los cuatro pedazos y corren alrededor de las cabañas con gran griterío. Después le abren los costados, separan el espaldar de la parte delantera y lo reparten entre sí, pero las mujeres guardan los intestinos, los hierven y del caldo hacen una sopa que se llama Mingau, que ellas y los chicos beben. Comen los intestinos y también la carne de la cabeza; los sesos, la lengua y lo demás que tenga, son para las criaturas.
Cuando todo está acabado, vuelve cada uno para su casa y lleva su parte consigo.

Aquel que ha matado gana otro nombre y el rey de las cabañas le marca el brazo con el diente de un animal feroz. Cuando cura, se le ve la marca y ésta es la honra que tiene…
Esto lo vi yo y lo presencié”.

Cabe preguntarnos si estas tribus tuvieron algún tipo de relación con la etnia tupí-guaraní, que conocemos como principales ascendientes de la raza paraguaya. Es decir, sabemos que tanto los guaraní como los tupinambá pertenecen a la misma familia étnica, así como se habla de los carios y los tupí-guaraníes, pero, ¿es posible que hayan heredado la antropofagia ritual de sus hermanos de sangre?

Álvar Núñez Cabeza de Vaca, Segundo Adelantado del Río de la Plata, y quien fue Gobernador de Asunción a su llegada a la ciudad en el año 1542, comenta lo siguiente en el libro titulado Comentarios (1555), escrito por Pedro Hernández, escribano y secretario de la Provincia:

Grabado por Theodor de Bry, Grandes Viajes a América, Volumen 3, 1593.

XVI. De cómo matan a sus enemigos que cautivan y se los comen.

Luego, dende a poco que hobo llegado el gobernador a la dicha ciudad de la Ascención, mandó juntar a todos los indios naturales, vasallos de Su Majestad; y así juntos, delante y en presencia de los religiosos y clérigos, les hizo su parlamento, y allende de esto, les fue dicho y amonestado que se apartasen de comer carne humana, por el grave pecado y ofensa que en ello hacían a Dios, y los religiosos y clérigos se lo dijeron y amonestaron; y para les dar contentamiento, les dio y repartió muchos rescates, camisas, ropas, bonetes y otras cosas, con que se alegraron.

Ésta generación de los guaraníes es una gente que se entiende por su lenguaje todos los de las otras generaciones de la provincia, y comen carne humana de otras generaciones que tienen por enemigos, cuando tienen guerras unos con otros; porque luego que lo captivan lo ponen a engordar y le dan todo cuanto quiere a comer, y a sus mismas mujeres e hijas para que haga con ellas sus placeres, y de engordallo no toma ninguno el cargo y cuidado, sino las propias mujeres de los indios, las más principales de ellas, las cuales lo acuestan consigo y lo componen de muchas maneras, como es su costumbre, y le ponen mucha plumería y cuentas blancas, que hacen los indios de hueso y de piedra blanca, que son entre ellos muy estimadas, y en estado gordo, son los placeres, bailes y cantos muy mayores, y juntos los indios…, y un indio, el que es tenido por más valiente entre ellos, toma una espada de palo en las manos, que la llaman los indios macana;… y con ambas manos un hombre de fuerza basta a derribar un toro de un golpe, y al tal captivo lo derriban sino de muchos, y en fin al cabo, lo derriban, y luego los niños llegan con sus hachetas, y primero el mayor de ellos o el hijo del principal, y danle con ellas en la cabeza tantos golpes, hasta que le hacen saltar la sangre, y estándoles dando, los indios le dicen a voces que sean valientes y se enseñen, y tengan ánimo para matar a sus enemigos y para andar en las guerras, y que se acuerden que aquél ha muerto de los suyos, que se venguen de él; y luego como es muerto, el que le da el primer golpe toma el nombre del muerto y de allí adelante se nombra del nombre de que así mataron, en señal que es valiente, y luego las viejas lo despedazan y cuecen en ellas y reparten entre sí, y lo comen, y tiénenlo por cosa muy buena comer dél, y de allí adelante tornan sus bailes y placeres”.

El historiador y profesor Sergio Cáceres Mercado, en su artículo La idealización de los guaraníes, menciona lo siguiente: “Luis G. Benítez, en el poco espacio que les concede en su Historia Cultural, resalta que “sus creencias religiosas concebían a un ser supremo e idealizado”. Alfredo Viola, incluso, afirma que los Carios (la etnia que poblaba la bahía de Asunción) “practicaban el monoteísmo, llamando a su dios Tupâ”. (Reseña del desarrollo cultural del Paraguay). Sin embargo, ninguno de los autores mencionados niega que aquellos practicaran la antropofagia como ritual.

La respuesta parece obvia, y, aunque los sacerdotes españoles y los jesuitas se encargaron de extraer todo resto de aquellas antiguas tradiciones de nuestros antepasados indios y mestizos, hay dos preguntas que llenan la curiosidad y la fantasía… ¿qué tal si la población paraguaya de hoy, todavía mantiene una memoria genética de su pasado antropofágico?, y, si así fuera, ¿qué cosas explicaría de nuestra forma de ser actual?

Cientos de genetistas elaboraron y siguen elaborando tesis sobre la existencia y manifestación de esta memoria genética, desde Charles Darwin hasta los actuales, y la epigenética y la epigenética transgeneracional, se están encargando de probar estas teorías.

Únicamente, mayores estudios responderán a esto, pero hasta entonces… nuestro gusto por el asado parece plenamente justificado.