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Ensayar nuestra lucidez

Nos suele pasar (para que digo nos si no estoy seguro… capaz y me pasa a mi nomas) que cuando escuchamos el primer tema/disco de un grupo/músico, vemos la primera película de una saga o leemos un primer libro de un escritor, nos lo quedamos como favorito, ya sea por el impacto que nos causo, por todo el trabajo marketinero publicitario para que las cosas nos gusten, etc. Etc.

Como sea, el primer libro que leí de José Saramago es el que más me impacto, tanto por el estilo, la narrativa, como por las reflexiones y el mensaje.

Ensayo sobre la lucidez es el nombre de esta obra maestra que, como suerte de continuación de su famosísimo Ensayo sobre la ceguera –tan famoso que tiene una película- se ubica en la misma impersonal ciudad del desconocido país donde apareció la epidemia de la ceguera blanca.
La crisis, esta vez, resulta ser menos fantástica pero no por ello menos improbable: en un domingo de elecciones, con todo el despliegue oficial/mediático/propagandístico/discursero, la gente acude con total tranquilidad a votar a los locales para el efecto. Finalizada la jornada y el conteo arroja un resultado inesperado: el 80% de las papeletas estaban en blanco. El partido de poder y los medios entraron en crisis. ¿Qué le paso a la ciudadanía? ¿Quién hizo que esto pasara? ¿Serán grupos radicales nacionales? ¿Terroristas extranjeros? En fin: ¿Quién tiene la culpa de este ataque a la democracia?

Esta última pregunta no está expresa en el discurso de las autoridades ficticias del libro, pero se sub entiende bastante bien, al observar sus posteriores acciones. Un aparataje investigativo y de seguridad, el cual no da ningún resultado, consume todas las energías del gobierno que ni roza a reconocer que exista la mas mínima posibilidad de que la gente, de forma espontanea y decidida, elija, democráticamente, no elegir a nadie. No, esto es inconcebible, imposible, ni empedo… Tiene que haber un culpable… y si no, se inventa.

Con el solo objetivo de NO formar parte del despreciable grupo de spoilers, hasta aquí va mi descripción de lo que leí. Les recomiendo, sinceramente, que busquen este libro en el formato que sea y lo lean, les dará que pensar. Lo que me dio que pensar a mí es sobre lo que escribiré en las siguientes líneas.

La crítica principal del libro es una que Saramago, en varias entrevistas, la hizo expresa de diferentes formas: la posición de la democracia como vaca sagrada del ordenamiento mundial, cuyo actual funcionamiento no se discute y es aplicable a todo tiempo y lugar, separando a las sociedades en civilizadas y barbáricas.

“Hemos convertido nuestra democracia occidental en una especie de superstición”, dijo el escritor portugués allá por el 96. Esa superstición a la que se refiere es, en mi opinión, el discurso de que en verdad la estamos practicando. De que el poder reside en nosotros, el pueblo, que lo cedemos a unas autoridades legales y legitimas que nos representan a través del voto. Todos afirmamos que este es el autentico poder y lo defendemos a capa y espada.

¿Qué tan democráticos somos realmente?
Basta con ver un fla a Paraguay. Ya publicado este texto, se sabrá (como si fuera que nunca se supo) quien será el nuevo presidente del partido más grande y popular del Paraguay. ¿Los candidatos? Uno, declarado y reconocido stronista, hijo/heredero de la riqueza tiranosaurica y la sangre de los desaparecidos y desplazados de su tiempo. El otro, caballo de un comisario (expresión del pasado dictatorial) que voto por primera vez en su vida hace dos años, hijo de un sistema generador de los desplazados de su tiempo. Aquel y este tienen en común un periodo de tiempo en el que un país tiene muchísimos más pobres que ricos, con casi una cuarta parte de la población en situación de extrema pobreza.
Pero no quiero quedarme a putear contra la democracia paraguaya porque para eso necesitaría páginas y paginas que nadie leerá. Ni siquiera putear contra la democracia per se, porque eso ni yo lo leería. No, no se trata de eso.

Se trata de entender y construir esa democracia. Ni leyendo a varios autores de diferentes ideologías me es fácil dar una definición, explicar cómo funciona un sistema democrático. ¿Cómo entonces, discutiría con aquellos que están segurísimos de eso? ¿Con estos flamantes candidatos, máximos representantes de la voz del pueblo?

No resignándome a su discurso, para comenzar. No tragarme la pastilla que me lleva a la Matrix, donde la joda se legitima con las bombeadas frases: “jornada tranquila” y “fiesta cívica”. Reconocer y repudiar a aquellos que se visten de demócratas porque así lo tuvieron que hacer… que democráticamente se reparten los cargos y la guita, y dedocraticamente la expulsión y discriminación a todos los demás. Tendríamos que unirnos, aunque sea espontáneamente, con otros que dudan como nosotros y activar, debatir, movilizarnos. Dar a esa movilización un carácter permanente.
La comprensión tiene que continuar, que dé lugar a la praxis y a mayor comprensión. Saramago, con su novela y su lucidez, ensaya la nuestra con esta clase de frases:

“El gran mal que puede suceder a las democracias – y creo que todas ellas la sufren en mayor o menor grado – es vivir de la apariencia. Es decir, mientras funcionen los partidos, la libertad de expresión en su sentido más directo e inmediato, el Gobierno, los tribunales, la jefatura de Estado, mientras que parezca que todo esto funciona con armonía y haya elecciones y todo el mundo vote, la gente se preocupa poco por los procedimientos gravemente antidemocráticos”

Gravemente anti democrático es que con nuestros votos nos sintamos satisfechos y nos des movilicemos; Que ese poder del pueblo no nos sirva ni para comer; que nuestros representantes tengan tanto ne a stronismo todavía.

¿Qué podemos hacer? Debatamos, discutamos y critiquemos lo que vemos. No vayamos como robots orgullosos a votar y aparatear. Hagamos caso a Saramago cuando dice: “…lo que verdaderamente falta… la capacidad de intervención del ciudadano en todas las circunstancias de la vida pública. O sea, hacer de cada ciudadano, un político”.