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Un pequeño niño con su caja de lustrabotas en el regazo miraba cómo a unos escasos metros, grupos de personas disfrutaban de una noche plena, sentados, cada uno con sus mesas servidas. Se me hace que es la imagen que refleja perfectamente lo que está pasando alrededor nuestro. La desigualdad en la sociedad paraguaya se nos está haciendo tan común, que este tipo de situaciones forman parte de un simple cuadro viviente de nuestra ciudad.

Un lustrabotas esperando alguna sobra de comida, indígenas menores de edad que recorren entre los autos mendigando, familias enteras que no tienen qué comer y se rebuscan en la basura. Este es el paisaje urbano de Asunción y alrededores que de tan común, de tan “normal” -si hay algo de normal en que un niño esté a las 20:00 buscando clientes en un local de comidas- parece que ya forma parte de lo que nuestra capital nos ofrece en el día a día. Como que ya estamos acostumbrados a verlos ahí, descalzos, hurgando entre restos de comida. Como que ya estamos acostumbrados a que existan familias que, definitivamente, no tendrán oportunidad alguna de que sus hijos accedan a un mejor nivel de vida.

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[title]Los números de la vergüenza[/title]
El Banco Mundial, en su último informe señala que uno de cada cuatro paraguayos está en la pobreza, mientras que la pobreza extrema afecta a uno de cada diez paraguayos. Cuando hablamos de pobreza extrema, estamos hablando de gente que tiene menos de un dólar (G. 5.050) por día para comer. ¿Y qué más tenemos? Tenemos cifras que a nivel macro, pintan a un Paraguay que no vemos en la realidad cotidiana. Un crecimiento anual que nuevamente apunta a aumentar -o como mínimo, mantenerse estable- y que por supuesto, deberíamos estar cada vez más felices porque ahora hasta hacemos volar vacas paraguayas; las que exportamos al Ecuador. Pero hay algo que no cierra, evidentemente, cuando vemos a compatriotas -como el lustrabotas de esta nota- sentado ahí, a su corta edad, esperando algún zapato sucio que hacer brillar.

A pesar de que el Estado paraguayo invierte, hace años, millones y millones de dólares en programas sociales, hasta ahora al parecer esas inversiones no son tales, sino simplemente gastos. No se ve que grupos familiares hayan dejado la pobreza gracias a estas asistencias, que más parece un sistema para hacer que miles de familias dependan del aporte del Estado para poder sobrevivir en el día a día. Como ejemplo este gobierno de Horacio Cartes tiene planeado destinar unos G. 297.324 millones (58 millones de dólares) en programas de asistencia social este año.

[quote cite=’Aldo Benítez’]”No se ve que grupos familiares hayan dejado la pobreza gracias a estas asistencias, que más parece un sistema para hacer que miles de familias dependan del aporte del Estado para poder sobrevivir en el día a día. “[/quote]

Gran parte de este dinero se entrega directamente en efectivo -o transferencias monetarias, como quieran llamarlo- para familias de escasos recursos en los programas Tekoporä, Tenondera y asistencia a pescadores. Esta transferencia tiene por objetivo lograr que las familias puedan “aguantar” un poco mientras puedan dedicarse a otras cosas o buscar algún tipo de empleo formal o al menos, una “changuita”.

Tal vez, ese desfasaje -entre lo que invierte el Estado en programas sociales y los nulos resultados en reducir la pobreza extrema- se puede comprender en la explicación de la economista Verónica Serafini, del Centro de Análisis y Difusión de la Economía Paraguaya (CADEP), en su edición N° 29, de abril de este año. Refiere el por qué tantos millones invertidos en estos programas no reditúan en soluciones finales para familias en extrema pobreza.

Serafini intenta encontrar la razón a este fenómeno y acuña esta frase: “Las políticas no son milagrosas. No se les puede pedir que tengan un resultado para el cual no fueron diseñadas”. En ese sentido, la especialista explica, por ejemplo, que Tekoporã no tiene como objetivo reducir la pobreza de ingreso. Señala que el objetivo de Tekoporã es romper la transmisión intergeneracional de la pobreza, posibilitando que las niñas y niños de estas familias ejerzan sus derechos para mejorar sus oportunidades futuras.

Asegura que la política de transferencia monetaria podría tener un mayor impacto si el monto destinado a cada familia por lo menos fuera superior al costo de la canasta básica de consumo. Según la profesional, las transferencias monetarias que hace el Estado son de G. 200.000 mensuales por familia, una cifra que está muy por debajo del promedio de gasto de una canasta básica, que en el área metropolitana llega a los Gs. 626.159 y a Gs. 386.388 en el área rural.

Es decir, Serafini demuestra que al final, reducir la pobreza no solo se logra con desembolsar dinero -que no alcanza para cubrir el mínimo requerido- sino que también se precisa de otros factores y, principalmente, de una política real de Estado, que apunte a determinar bien qué cantidad de la población es la que necesita de una asistencia estatal, que esa gente reciba el seguimiento adecuado, con la meta de que en un corto, mediano o largo plazo -según las circunstancias de cada familia- ya no dependa del Estado.

Mientras tanto, los unos y los otros del Paraguay seguimos. Los unos, con sus negociados con combustibles de la Policía, con sus secretarías “VIP”, con sus súper sueldos y sus padrinos, favores políticos y sexuales de por medio. Todo vale. Y los otros, los que luchan el día a día, que la reman como pueden y tratan de mantener a sus familias con la mayor dignidad posible.

En el medio, está aquellos que pertenecen a esa franja casi invisible, que a la edad de soñar con una pelota o con ser un astronauta, tienen su única realidad y salvación en una caja para lustrar botas, esperando por algún zapato sucio o manchado; o tal vez, por un poco de buena voluntad para juntar monedas que llevar a casa. Es ese el único rumbo que les dejaron.