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Tras la muerte del escritor uruguayo queda su herencia de sentencias por el cumplimiento de los derechos humanos y la justicia social en latinoamerica. “El subdesarrollo no es una etapa en el camino del desarrollo; es el resultado histórico del desarrollo ajeno”, vitoraba Galeano, una y otra vez, casi siempre.

Galeano nació en Montevideo en 1940, donde comenzó como periodista y publicó su primer libro. En 1973 se exilió en la Argentina y luego, en la costa catalana. Doce años después, regresó a Montevideo, donde falleció el 13 de abril de cáncer de pulmón. En dos ocasiones fue premiado por la Casa de las Américas y por el Ministerio de Cultura del Uruguay. Recibió el American Book Award de la Universidad de Washington por su trilogía Memorias del fuego, y los premios italianos Mare Nostrum y Pellegrino Artusi, por el conjunto de su obra. Fue el primer escritor galardonado con el premio Aloa y también inauguró el Cultural Freedom Prize, otorgado por la Fundación Lannam, y el Premio a la Comunicación Solidaria, de la ciudad española de Córdoba. En 2008, los países miembros del Mercosur lo declararon “primer ciudadano ilustre”.

“El subdesarrollo de América Latina proviene del desarrollo ajeno y continúa alimentándolo”. No tenía el mundo que quería, como muchos nosotros. Deliraba. Estaba casi loco. Demente. Gritaba con los nadies, que somos todos por acá en este gran barrio latino. La utopía como arma. La indignación como herramienta de vida. Sus libros, ensayos y poemas construyen un balde de agua fría de realidad, un espejo de incoherencias a nivel global. También le daba interés los trabajadores de las plantaciones de yerba mate, un tema que interesó a otras leyendas como Augusto Roa Bastos y Rafael Barlett.

“¿Qué tal si empezamos a ejercer el jamás proclamado derecho a soñar? ¿Qué tal si deliramos por un ratito?”. ¿Y qué tal si deliramos con las frases eternas de Eduardo Galeano?

“Ser capaz de mirar lo que no se mira, pero que merece ser mirado. Las historias de la gente anónima, que los intelectuales suelen despreciar. Ese micromundo que alienta la grandeza del universo. Y, al mismo tiempo, ser capaz de contemplar el universo desde el ojo de la cerradura. De las cosas chiquitas a asomarme a los grandes misterios de la vida, de la humana persistencia de pelear por un mundo que sea la casa de muchos; y no, la casa de poquitos y el infierno de la mayoría”.

“Aquellos que no son, aunque sean”, “que no son seres humanos, sino recursos humanos”, “que no tienen nombre, sino número”, “que no tienen cara, sino brazos”… “Los nadies, que cuestan menos que la bala que los mata”.

“Quien no está preso de la necesidad, está preso del miedo: unos no duermen por la ansiedad de tener las cosas que no tienen, y otros no duermen por el pánico de perder las cosas que tienen…”

“A diferencia de la solidaridad, que es horizontal y se ejerce de igual a igual, la caridad se practica de arriba-abajo, humilla a quien la recibe y jamás altera ni un poquito las relaciones de poder”.

“Los niños no tienen la finalidad de la victoria, quieren apenas divertirse. Por eso, cuando surgen excepciones, como Messi y Neymar, son, entonces ellos, para mí unos verdaderos milagros”.

Hasta siempre.
Delirante.
Eduardo Galeano.