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Nuestra tarea

El presente texto fue publicado en el medio digital estudiantil El Independiente, del cual estoy orgulloso de formar parte, al igual que de este Webzine.

Si bien lo que escribí apunta a cuestiones existenciales y función social de mis colegas leguleyos, puede también servir a cualquiera de los estudiantes y profesionales de distintas áreas que hoy, ante los hechos vividos en estos días, apoyarían una transformación en la UNA y quieren aportar para ello.

Sin más vueltas, he aquí lo que dije hace unos meses atrás:

Con dos mejores amigos que tengo, compañeros de facultad y de vida, hablamos de aspectos que hacen a mi decisión y mi tarea al ser abogado y la muy personal cuestión de si mi elección de seguir esta carrera fue la correcta.

Mi amiga, con la que charlamos de nuestra función y perspectivas, cree que nuestra generación de abogados de la UNA (en teoría, la mejor facultad de derecho del país) no puede entrar a pelear por un espacio entre los ya miles y miles de viejos lobos litigantes, verdaderos tiburones de pasillos de los tribunales. Con estos adjetivos no pretendo agraviarlos ni ofenderlos, no. Les tengo un profundo respeto al conocimiento adquirido por la experiencia y a la acumulación de contactos. Esta superioridad (que la es, no les quepa duda) me hace reflexionar sobre lo siguiente: ¿Qué tan capacitado estoy para competir a la par con semejante ejercicio profesional? ¿Y qué pasa cuando, más allá de la sabiduría que da el tiempo, hay abogados y abogadas que poseen también grandes estructuras de capital, conocimiento y amistades heredadas por generaciones que les garantizan buenos clientes, con casos complejos que impliquen jugosísimos honorarios?

La respuesta que me doy, después de un tiempo de observación es desalentadora. No tengo muchas posibilidades de hacer dinero de forma rápida y honesta buscando trabajo de esa manera. ¿Qué cartas me quedan? ¿Cuáles serían las áreas del derecho no explotadas en que pueda capacitarme y buscar instrucción para, al final, posicionarme y formar mi propio imperio? ¿Es esta la salida, nomás? ¿O trabajar en la función? Son cuestionamientos existenciales que, creo, prácticamente tenemos todos los leguleyos recién recibidos.

Y la respuesta dada a los mismos no se puede retrasar por mucho. Nuestras familias, parejas, amigos y comunidad entera esperan ya de nosotros un rol protagónico, algo obligatorio para alguien tan privilegiado que tuvo la oportunidad de estudiar y recibirse en la UNA.

Después de varias entrevistas y concursos de méritos (estoy participando de uno en el que, más de 70 profesionales nos postulamos y competimos por dos cargos) sin grandes modificaciones en mis ganancias, la situación hace que surjan otras interrogantes que tienen que ver con lo que hablamos con mi otro amigo, más que amigo, hermano: ¿No elegiste mal acaso tu carrera? ¿Tenés el carácter para hacer esto?

Este par de preguntas implican un análisis más profundo que se remonte al momento histórico en que dije: “Voy a estudiar derecho”. Realmente, cuando lo expresé, sólo tenía entendido que es una profesión a priori respetable, tradicional, que me iba a dar tiempo para trabajar y estudiar. Vivo cerca del Palacio de (in)Justicia, lo cual prueba hasta ahora ser una ventaja.

Pero, pero… Las aparentes ventajas, en estos 10 años de estar vinculado al mundo de Astrea, poniéndolas en la balanza de la mencionada diosa, no sopesan las desventajas referidas en mis observaciones sobre la realidad del ejercicio diario del derecho y sobre todos los problemas estructurales que dejan a esta situación como una consecuencia: causa del efecto de toda una construcción torcida de falta de oportunidades, gavillas de politiqueros y zoqueteros que, desde el Estado y fuera de él ven a la educación en general como mercancía… ¿Y qué lo que tanto, si al final todo lo es, todo es mercancía?

Algunos estarán pensando que hay demasiada lloriqueada introspectiva. Que este es un drama mío de vago/inútil, que hay tantas historias de triunfo en circunstancias más adversas y bla bla… Pero paren, críticos de medio pelo, que tienen razón, y no. Porque si hay algo que me parece difícil de negar es que los poderes de este país, públicos y privados, podrían hacer muchísimo más (como dicen querer hacerlo) por la instrucción de sus jóvenes, más allá de su juego especulativo marketinero de ver qué carreras estarían de moda y/o serían necesarias para llevar adelante sus proyectos y forrarse en guita.

¿Cuáles son los poderes de este país, a los que me refiero? Me parece que todos lo saben. ¿Podemos, nosotros, los estudiantes y profesionales abogadas y abogados, como grupo, influir en los mismos? Me parece que la respuesta a esto está más difícil, sobre todo porque implica más acción, sin desestimar el que cada uno y en colectivos reflexionemos sobre charlas como las que yo tuve con mis amigos, que me generaron a mí preguntas… Que pueden generarles preguntas a todos ustedes. (Sí, también a ustedes, prepotentes herederos de y en la acumulación de riqueza, parte de las generaciones de abogados con plata, contactos y posibilidades de estudiar en las mejores universidades del mundo. Siempre hay alguien más grande que ustedes, eso lo aprendí de los comics del Detective Marciano).

A estas alturas, ya no cuestiono mi decisión, ni mis conocimientos. El derecho concede a quienes lo estudian y conocen la capacidad de entender no sólo a la súper estructura legal que regula el comportamiento de la sociedad, sino a la sociedad misma, a sus dramas y necesidades. El hecho que seamos simplemente funcionales a nuestros intereses económicos inmediatos y busquemos un espacio donde laburar no nos quita el hecho de que sí, de que nuestra función hoy como abogados de este y todos los siglos por venir sea la de cuestionar la realidad de nuestra profesión como algo útil a la sociedad y no solo la defensa de la ley por ser ley… Porque leyes de porquería hay a patadas.

Haciendo una alegoría pop: no le demos la razón al personaje de Petyr Baelish de Game of Thrones cuando habla de que lo único que existe es la escalada, de que el caos es el medio donde los mejores aprovechan y suben a lo más alto del status. Y que todo el resto, casi todos nosotros, quedemos abajo. Que no tenga razón. Esa es nuestra tarea.