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Hace un año del miedo que se llevó a Nayive

(Por Gustavo Daniel Baez) Hoy hace ya un año de aquella madrugada en que mi padre me despierta para decirme: “tu mamá quiere hablar contigo”. Me adelanta que tía Ani se comunicó con ella y quería que fuera a su casa. Tan solo un instante después de haber tomado el teléfono, mi madre me dice que tía Ani había disparado a su hija, quien en aquel momento ya fue trasladada al hospital. Termina contándome que los agentes de la Fiscalía se encontraban en su casa y que ella necesitaba un abogado.

Tía Ani es la forma en que llamamos a la Sra. Ana María Arnold Vda. De Otto, quien en realidad no es mi tía, sino amiga de mi familia desde antes que yo naciera. Todos nosotros le tenemos un gran aprecio y cariño, por lo que semejante noticia fue de las más terribles que pudiéramos imaginar.

Lo primero que sentí fue una tristeza inimaginable, la cual dio paso a una incredulidad total: que una madre tan devota pudiera disparar a su propia hija… Tenía que haber una explicación. Me negué a creer el hecho. Me parecía imposible que tía haya disparado a Nayive, su hija, quien era su adoración. De todas las personas que conozco, tía Ani me pareció siempre de las más admirables: madre amorosa, muy metódica, con una devoción a sus hijos que no tenía límites. La educación y la preparación que tía ofreció a sus hijos siempre fue excelente, con los valores humanos y cristianos de trabajo, esfuerzo y ayuda al prójimo. Asimismo, Nayive, o Nayi, como le decía su madre, era un ser único y extraordinario, fanática de los animales y la naturaleza, que no tenía ni una pizca de maldad en su corazón. Por su inocencia y dedicación, creo que Nayi fue lo más cercano a un ángel que pude ver en mi vida.

Volviendo a lo ocurrido esa noche, recibo una llamada de mi tío Javier (quien tampoco es mi tío de sangre, sino un amigo en común de nuestras familias), quien me cuenta que tía Ani pidió que yo fuera su abogado. Mis mencionados sentimientos de tristeza e incredulidad se transformaron rápidamente en temor: el de un abogado primerizo, novato, ante semejante caso. Uno lleno de carga emotiva.

Aún así, debía cumplir con mi rol profesional.

Una tormenta de pensamientos azotó mi mente mientras me ponía el traje. Hojeé rápidamente viejos manuales de derecho penal y consulté a mis ex compañeros de facultad. Minutos después de estar listo, mi teléfono volvía a sonar: me avisaron que la fiscalía ya se retiraba, que al día siguiente a primera hora tendríamos la indagatoria y me pedían que vaya directamente a la sede del Ministerio Púbico para la audiencia.

Me pasé desempolvando cuanto texto penal tuviera en casa por lo que restó de la jornada. La respuesta era clara teóricamente hablando, pero en nuestro derecho la teoría no se cumple en la práctica. Quienes tenemos el coraje de abrazar la profesión, entendemos que lo único seguro en nuestro sistema penal es que acá nada es seguro. Conceptos como “la sana critica” hacen lugar fácilmente a lo que se entiende por “el criterio del juzgado”, y que estos últimos puedan más que cualquier ley expresa o años de jurisprudencia e inclusive bibliotecas enteras de doctrina.

Nosotros, los abogados, así como los técnicos y futbolistas, somos víctimas de los resultados, ya que a una audiencia preliminar, no vamos a discutir las bases y fundamentos del derecho penal, ni los fundamentos de la reprochabilidad, y mucho menos las consecuencias del reconocimiento de la dignidad humana de la que se habla en la Constitución Nacional. Admito que esos temas estaban fuera de mi cabeza en aquel entonces. Lo único que quería discutir era el “criterio” del juzgador de turno, en cuanto al permiso para que mi defendida pueda asistir al funeral de su propia hija.

Ya en camino a la sede del Ministerio Público, tuve que pasar entre varios reporteros para llegar hasta donde se encontraba tía Ani. Nunca voy a olvidar el grito que dio al bajar de la patrullera, ante la insistencia de la periodista: “maté a mi hija, señora… Quise matar a un ladrón y maté a mi hija”. Al escuchar eso, supe que la suerte estaba echada. Ella, una persona incapaz de mentir, reacia a cualquier tipo de chicana, y al llegar a la sala de la fiscalía me lo confirmo, sus instrucciones fueron claras: “Dani, lo único que quiero es asistir al velorio de mi hija, no tengo miedo de enfrentar a la justicia, si tengo que ir presa voy a ir, pero antes que me dejen despedirme de mi hija”.

Debo reconocer que esta postura me impresionó. La mayoría no hubiera permitido que su defendida declare. En un país donde hasta los inocentes temen a la justicia, tanto valor y fortaleza me parecieron admirables. Cualquier persona estaría devastada. A pesar de todo, tía Ani relató, entre llantos, todos y cada uno de los detalles de los hechos. Dicho relato es, hasta el día de hoy, el más triste que me tocó escuchar. En ese momento, recordaba a mis profesores, quienes nos aconsejaban nunca llevar casos de familiares. No tengo otra cosa que hacer más que reconocer la razón de sus dichos.

La decisión del agente fiscal interviniente todos la conocen: dejaron en libertad a tía Ani, para poder investigar los hechos a profundidad y con la prudencia que el caso merece, al ser este suis generis, en propias palabras de dicho agente. Desde mi punto de vista, nada pudo ser más acertado, ya que el actuar de mi defendida no ha hecho más que darle la razón al SR. FISCAL (así con mayúsculas), puesto que, ha de ser uno de los pocos casos donde la persona investigada ha colaborado con todos y cada uno de los pedidos del Ministerio Público, sin haber presentado incidentes, dilaciones o recursos de ningún tipo.

Todos los elementos probatorios arrimados sostienen nuestra posición y nuestra tesitura, la cual podría encontrar su único obstáculo en la falta de pensamiento crítico, aclaro que no del FISCAL, sino de un sistema judicial reacio a la razón. Un sistema judicial que vive de la costumbre, de fallos basados en modelos antes que en argumentos, de decisiones basadas en citas de artículos y no en análisis y estudio. Es por esto que la situación del caso está estancada: por el temor que genera el hacer las cosas como corresponde, por el peligro que un pensador representa para el sistema del peichante y del “criterio del juzgado”. Celebro, hoy en día, la decisión tomada por mi tía de enfrentar a la justicia y no entorpecerla, pues quien nada debe nada teme.

En relación al hecho, nuestra posición ha sido clara: es más que lógico que no podemos reprobar un accionar erróneo en el cual hubiéramos caído todos. No quiero con esto adelantar conclusiones jurídicas, atendiendo a la etapa procesal en la que se encuentra el caso. Pero, lo claro es que, los accidentes que acaban en desgracia ocurren por una serie de eventos desafortunados… Los cuales, si los observamos con paciencia, podrían explicar muchas cosas. Es muy fácil hablar desde un micrófono, o más comúnmente hoy día desde un teclado, donde todos somos “prudentes y profesionales tiradores” y tan casi perfectos que nos asimilamos a héroes de películas, ¿pero en a la hora de la verdad que haríamos?, les explico: todo se remonta al momento en que se roba el vehículo de la casa y se toma la decisión de comprar un arma. En un contexto de inseguridad, donde días antes habían matado a un joven a plena luz del día para robarle un celular, el miedo experimentado por una señora de 53 años de edad, de poca estatura, y de contextura física delgada frente a lo que ella consideró un ataque inminente de un probable atacante armado, ya sea con arma blanca o de fuego, tenía únicamente la opción de utilizar el arma de fuego. Con la convicción de que su hija estaba detrás suyo, y de que no había posibilidad de que entrara otra persona a la casa en esa hora, la opción de hablar o preguntar o “altear” (como señalo algún hablador desprevenido) dejaría en evidencia la ubicación de dos mujeres indefensas, hecho que se tenía bastante presente por lo que la decisión de esperar en la puerta ante un

posible ataque denota su intención defensiva y la ausencia de temeridad y/o imprudencia, siendo la misma consciente de su propia vulnerabilidad ante una posible agresión criminal.

Tía tenía una sola oportunidad, una fracción de segundo, un solo tiro, que podía hacer la diferencia entre proteger o perder su vida y la de su amada hija. El terror ante semejante circunstancia fue lo que impulsó a Ani de Otto a jalar el gatillo. Quién podría imaginarse que, su decisión, derivaría en el error que nos costó a todos, y más a Tia Ani, la vida de Nayive, llevándose con ella un poco de todos quienes tuvimos la suerte de conocerla. El azar jugo sus cartas y engaño a tía, e hizo que pagara el precio.

Los trágicos hechos que aquí les relaté tienen, a mi entender, como detonante a la inseguridad; fruto de la corrupción y de la apatía cómplice de la ciudadanía. Dicha inseguridad se lleva vidas, destruye familias, alienta delincuentes, mata el progreso y genera miedo.

Un miedo que hace que construyamos rejas más altas, levantemos muros más grandes, coloquemos cámaras, nos quedemos despiertos hasta que toda nuestra familia llegue a casa. Miedo que hace que nos despertemos de madrugada a revisar las puertas. Miedo que nos lleva a comprar armas, a quedarnos en casa, a evitar juntarnos con nuestros amigos, a caer en la extorsión de cuida-coches, a cercar plazas, a que nos pare el corazón cada vez que escuchamos una moto. Miedo a vivir, el cual, de forma indirecta, se cobro trágicamente la vida de Nayive. Miedo que nos dejó sin un ángel entre nosotros, que desmembró a una familia y su comunidad.

Ese mismo miedo en que, lastimosamente, vivimos todos.