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Cómics y política: Mafalda, Condorito, y una alternativa

Estoy de vuelta con este intento de relacionar cómics que he leído con política e ideología, con lo que nos pueden significar o si nosotros entramos dentro de su descripción de la realidad.

Una de las historietas que amo y amare siempre será Mafalda. La leo desde que tengo 5 años. Cuando fui a Buenos Aires de vacaciones (más allá de todas las atracciones turísticas de la ciudad) yo solo quería sacarme una fotito en el banco donde está la estatua de Mafalda en el paseo de la historieta en San Telmo. En ese momento me sentí realizado plenamente, me dije a mi mismo: “ya está, ya vine, ya me puedo ir ya otra vez”.

La realización mía tiene que ver más con una conciencia del recuerdo, de un bellísimo recuerdo, algo que esta petrificado en el pasado y lo veo y me gusta, como la estatua que está ahí, dura, soportando todo pero haciendo nada.

[quote align=’left’]Mafalda te permite pensar en algunas cosas, pero el presente es tan horroroso que la supera ampliamente [/quote] En una entrevista en la Russia Today, Zizek dice que los filósofos no están para solucionar problemas; por el contrario, lo que hacen es complicar las cosas. Y quien viene a complicarlas con sus declaraciones (conectándose con mis sentimientos arriba expresados) es José Pablo Feinmann. En un reportaje posterior a su ponencia por los 50 años de la nena libertaria en la feria del libro de Buenos Aires, Feinmann no se muerde la lengua para hablar de cómo ve a la niña de Quino hoy: “esta pasada de moda… hoy una Mafalda no existe más… ahora los chicos están todos pegados a sus computadoras, viendo pornografía… este es un mundo totalmente distinto al de Mafalda… Ella pertenece al dulce, hermoso y pacifico pasado”.

La frase con la que el filosofo termina su interview es todo un golpe para quienes lo interrogan y quienes lo escuchamos: “(Mafalda) te permite pensar en algunas cosas, pero el presente es tan horroroso que la supera ampliamente”.

En San Telmo (Argentina), en la esquina de Chile y Defensa se encuentra  la escultura a Mafalda, en homenaje a su creador, Joaquín Salvador Lavado, más conocido por Quino.
En San Telmo (Argentina), en la esquina de Chile y Defensa se encuentra la escultura a Mafalda, en homenaje a su creador, Joaquín Salvador Lavado, más conocido por Quino.

La estatua, la estatua… Ese sentimiento de satisfacción de niño contento de sacarme una foto con la imagen de mi idola infantil seria la representación de un ayer que fue y que no se si volverá de alguna forma. Porque antes yo salía a jugar con mis vecinitos en la calle. Hoy, mi barrio es uno donde la gente vive toda encerrada en sus casas, no sabes quién vive al lado tuyo ni tenes idea de que hace.

Ya sea por chisme o solidaridad, no sabes un carajo de nadie. Todo lo que sabes te lo dice la tele, tu jefe y los diarios impresos/web de gran alcance. Lo chupas como esponja y te cargas de los prejuicios de los informantes y sus intereses político/comerciales. Mafalda por lo menos se hacía preguntas sobre el noticioso que escuchaba en la radio o discutía con sus amigos lo que leían en los diarios.

Porque la niña de Quino era la heroína de una clase media que como en su tiempo no existe más, no existe. Eso de salir y conectarte con tus vecinos y que te interese la gente…

Tanto los juegos de los mita’is y mitakuñas, la sensibilidad y la unión en comunidad que tanto buscaba Mafalda pertenecen hoy a otras clases: las de unos escalones más abajo, aquellas a la que la media teme tanto y por eso prefiere mirar al pasado solamente, a sus héroes infantiles, esperando que vengan a rescatarlos de este presente horroroso, lo cual no harán, porque están tan quietos como las estatuas en San Telmo.

En este presente en el que buscamos todo tipo de distracciones y reírnos para escapar, hay otro personaje de las tiras cómicas latinoamericanas, identificado con una clase distinta a la de la nena preguntona argentina, que aparece para salvar el rato: estoy hablando de Condorito.

Hacia 1949, en los años en que la migración rural chocaba con la nueva realidad urbana, Condorito se enarboló como la representación gráfica del campesino pícaro y bromista que intenta sortear los reveses de la vida citadina.
Hacia 1949, en los años en que la migración rural chocaba con la nueva realidad urbana, Condorito se enarboló como la representación gráfica del campesino pícaro y bromista que intenta sortear los reveses de la vida citadina.

Es un clásico de las personas de mi generación y muchas otras el haber ido a la peluquería de chicos y leer Condorito mientras el peluquero te hacia tu corte americano o Chilavert. Nunca calculamos en cuanto tiempo se terminaba esta operación, ya que los rápidos e ingeniosos chistes de la revista tienen esa propiedad de parar el tiempo. Te suspenden días en un limbo en el que podías estar horas riéndote de cómo el pajarraco más famoso de Latinoamérica retrucaba al Cumpa, se cagaba en Pepe Cortisona, aleccionaba a Cone y junto con Don Cuasi le trozaban a la pesada de Doña Treme.

La risa es entre otras cosas una distracción, un escape. Ella puede estar basada en criticas puntuales o, como en el caso de la obra de Pepo, en actitudes latinas sí, pero también universales.

Leí en el blog del escritor chileno Diego Escobedo que la universalidad de la tira tiene una explicación en contexto, de la época del Chile de la dictadura de Pinochet. Lo universal/apolítico se da para que los personajes se identifiquen con uno y lleven bien con todos y, sumados a los rasgos de idiosincrasia nacional, hagan de un excelente distractor para descerebrarnos.

Para compartir o rechazar esta idea tendría que estudiar la cuestión más profundamente, pero me dio que pensar sobre cómo se nos presenta Condorito. Recorre un sin número de situaciones sin que las mismas tengan aparentemente conexión alguna. Con sus amigos nunca cuestionan la realidad, solo la sufren y ven de ingeniarse como hacer para sobrevivir… Vivir el momento, bancársela, no cambiar nada.

[quote align=’left’]Ya sea por su funcionalidad a una clase específica, su postura acrítica o conexión con dictaduras, ambos comics se encuentran en lo más profundo de nuestro ADN cultural, de lo que encontramos simpático y lo que nos pueda garantizar herramientas para aprender sobre los contextos y sistemas particulares de interacción social en nuestra historia[/quote]Se parecen mucho más a los denominados ciudadanos comunes (no como la culta Mafalda), cuyas vidas solo se centran en trabajar o intentar hacerlo, aunque caigan en la ilegalidad y el engaño. Condorito es un chanta de lo último que no tiene problemas para joder a la gente, pero hacer un juicio de valor rápido sobre sus actitudes nos lleva al mismo problema de siempre, a plaguearnos y cuestionar a la persona y no a la estructura/medio en que vive. A esa mirada estrecha de que el problema es la gente y para que hacer algo si nada va a cambiar… Hay que laburar, hay que vivir.

En los casos de Mafalda y Condorito, hay mucho que estudiar, analizar y criticar. Ya sea por su funcionalidad a una clase específica, su postura acrítica o conexión con dictaduras, ambos comics se encuentran en lo más profundo de nuestro ADN cultural, de lo que encontramos simpático y lo que nos pueda garantizar herramientas para aprender sobre los contextos y sistemas particulares de interacción social en nuestra historia.

¿A qué alternativa me refiero en el titulo de la entrada? A que podamos completar lo que las historietas no puedan más criticar o que nunca quisieron criticar; ayudándonos de cierta forma en la inspiración que nos puedan dar. Pero no podemos escudarnos en el poder y el solo entendimiento de nuestras bestias pop. Algo más tenemos que hacer. La última pregunta que le hacen a José Pablo Feinmann sobre Mafalda es si ve que desde una historieta se pueda lograr algún cambio. El dice que una historieta no cambiara nada, lo que hay que cambiar son las políticas educativas, de salud, trabajo, vivienda.

Hay que remarla. Leer, comprender y superar lo entendido, la posición pasiva, la quietud de la estatua. Y mientras luchamos, no nos olvidemos de reír, que para eso también estamos.