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Asunción… y algo

Dos breves cuestiones antes de comenzar hablar sobre el tema principal (si es que lo hay):

Primero: Notaran que lo escrito aquí fue hecho con poco tiempo de preparación. No me excuso, tuve días para pensar en algo, ver referencias, revisar la sintaxis etc., etc.

Por esta vez, dejo librada a mi suerte y la suya la improvisación pseudo artística, divague hipster ñembo intelectual. La moraleja es que para hacer bien las cosas, es mejor prepararse con tiempo, ajepa?.

Segundo: Que no suelo escribir por encargo, teniendo mucho que ver la característica de la cuestión numero uno. Creo que yo angá funciono mejor cuando dejo fluír mi divague, donde se mezclan temas cotidianos con mi particular visión del mundo. Pero lo que me pidieron me gustó. Espero que guste.

En este caso, el encargo y mi visión particular son sobre la ciudad de Asunción, cuya fundación celebramos cada 15 de agosto. Este 2015 con torta de una tonelada y farra esponsoreada por birra de por medio.

Los saludos de la infancia de barrio
Vivo en esta ciudad desde siempre, haciéndolo mis primeros 4 años en un apartamento céntrico con mis padres y tres de mis hermanos. Habitar un piso doce con balcón a la calle fue lo máximo. Amaba salir afuera a ver los muchos autitos y pensar que eran de juguete, así como asombrarme con lo que parecían construcciones gigantescas e interminables, mientras el viento movía mi peinado casco lacio.

No tenía miedo de mirar todo desde las alturas, aunque aprendí a tenerle terror al ascensor, no sé por qué. Recuerdo con especial cariño los paseos en tranvía con mis padres, mi abuela, o mi tía.

A los 5 años, nos mudamos a una casa en Sajonia, donde estoy aún. Como uno de los barrios más antiguos de la ciudad, poseía tradiciones que ahora parecen difíciles de encontrar, al menos en la capital.

En el barrio se destacaban las sentatas nocturnas en la vereda, jugar metegol con los vecinos, en la calle, con una pelota zaparrastrosa y piedras como arcos, negocios chicos de familia como panaderías, almacenes y ferreterías. Todos nos conocíamos y nos saludábamos cordialmente.

Capaz y no sabía de sus vidas, pero esos “¿Hola que tal como le va?, ¿muy bien y usted?, ¡saludos a la familia!” suenan suficientes para unos tiempos en los que no sabes nada de nadie, porque no te interesa. “¡Que puta!, si demasiados problemas ya tengo, ¿qué lo que?”.

Reconozco que en la actualidad no soy el mejor de los vecinos. Ando alejado y en mi nube, esa que tienen los dibujitos japoneses, y que si fuéramos uno veríamos que todos la tienen.

Si bien no era uno de esos chicos particularmente observadores, ya de mita’i observaba como cambiaban las cosas en el barrio: nuevas calles se asfaltaban creando una circulación más veloz y más accidentes; la aparición de grandes supermercados donde habían casas históricas hermosas, provocando el cierre de negocios familiares, uno a uno; la especulación de los precios de transferencia y alquileres de inmuebles en el barrio (con su correspondiente aumento de impuestos) hizo que vecinos tengan que mudarse.

¡Ah!, está también ese fantasma de la inseguridad, que para algunos es bien real, pero que tiene mucho de percepción particular, ya que, a la hora de hablar de hechos policiales, los medios no se interesan en detallar estadísticas y otras cifras comparativas con años anteriores/regiones/países diferentes. ¿Para qué ponerlos?, dirán los editores, si total los únicos números que le importan a la gente es cuánto van a cobrar a fin de mes/semana/día, y si les va a alcanzar para salvar el puchero.

Ese puchero que nunca me falto a mí, debo reconocerlo. En casa tuvimos épocas de particular abundancia o austeridad, pero de faltarme, falto nada.

Sí recuerdo a los niños, que cuando teníamos la misma edad, madrugaban para cuidar los coches de los abogados y jueces de los tribunales de mañana, y de tarde venían otros que pedían algo para comer.

Mi abuela me decía: “no hay que darles nada, esos solo te quieren robar”. Sin embargo, mis padres me transmitieron otras impresiones, y me pedían que prepare sándwiches o galletitas, o lo que tuviera a mano. “Tenemos que ayudar cuando podamos” era la frase, con más carga de conciencia social que de piedad cristiana.

Despertar adolescente
Estos primeros vistazos de vida diferente, a la que me mostraba la tele con sus dibujitos y comerciales espectaculares, se fueron reforzando durante mi adolescencia.

Iba a todos lados en colectivo, experimentando los buses chatarra con toda su inhumanidad. Adoraba viajar, pero cuando ponía atención a la gente, solo veía caras serias, algunas tristes, inclusive. Nadie parecía contento, y ahora creo que lo entiendo mejor.

Caminé por rincones de zonas ricas y tradicionales, pero también por otras más humildes, con especial recuerdo de los bañados, los que visite a los 15 años como parte de un programa de voluntariado. El frio, el lodo, la humedad, los pasillitos. Todo eso era un impacto, para un nene pequeño burgués, que iba con buenas intenciones, pero que sentía un alivio inmenso al llegar a su barrio de veredas anchas, de calles asfaltadas, de luces y comodidad.

Cuestionamientos adultos
En mis tiempos universitarios, con un grupo de amigos excepcionales, tuve la oportunidad de profundizar y debatir sobre cuestiones sociales. Íbamos pensando más allá en las causas de todo esto, desdeñando la sentencia universal “pobres siempre luego hubo”.

Trabajando, militando, hice política y resulte impactado por como muchos de mis propios compañeros de facultad, compartían valores muy similares a los de personajes conservadores que manejaban/manejan el poder. Sin reconocerlo, defendía la creencia que resume la frase de Salvador Allende, “Ser joven y no ser revolucionario es una contradicción hasta biológica”.

Dicen, y lo digo así porque no manejo las cifras, que Asunción es una ciudad llena de jóvenes. Paraguay, dicen también, es un país lleno de jóvenes.

¿Cómo es que, entonces, el conservadurismo es tan fuerte?, ¿en qué formas se presenta la conservación del poder?, ¿hasta qué punto podemos acusar a la dictadura que tuvimos hace casi ya tres décadas?.

En este 15 de agosto pasado, hubo festejos en el centro con mucha cerveza, música top y luces hip. Está todo bien, con que salgamos a festejar. Pero, ¿y salir a luchar?, ¿a ver más allá de las narices feisbuqueras/tuiteras/instagrameras/snapchateras?, ¿a reconocerte y avergonzarte, un poco al menos, de tu posición privilegiada, desde todo punto de vista, y de un mínimo potencial de aporte?. “¿Aporte para qué? ¿Qué lo que querés que haga?”.

Asunción, que no termina de ser una metrópolis cosmopolita, tiene cosas bonitas y no tanto, por decir así. Los arboles y las flores, las casas clásicas y un residuo de gente amable que conserva la solidaridad como primordial, se rescatan de la desordenada, hostil y sucia selva de concreto.

Miles de problemas tiene, como todas las capitales de nuestros tiempos. Pensar en esos problemas y discutir soluciones no tiene por qué quitarnos la gracia, ni la solidaridad, ni las flores. Pero no nos quedemos obnubilados por ellas. Cuidémoslas, a la vez que trabajemos para que, en principio, todos puedan relatar una historia como la que yo les vine a contar aquí, si es que llegaron hasta el final, y si esto significa algo para ustedes.

No le puse un título, porque cada uno tiene su experiencia que contar, y sus impresiones que aportar. Ustedes la nombran: “Asunción esto”, “Asunción aquello”, o “lo que se les cante”. La cuestión está en poder hablar con orgullo, pero de algo. Y que ese algo sea de gente que viva bien. ¡Felicidades!

Foto: Yluux