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Allá quedó Nanawa, pero aún truenan sus cañones

(Por Marco Augusto Ferreira) La voz de un relator anuncia al público presente el inicio de la batalla. Los soldados paraguayos construyen sus trincheras en medio del campo. Montan un nido de ametralladora de 7.62mm., y la artillería, a pasos de ellos, carga los proyectiles de salva en los inmensos cañones de 75 y 105mm. El ejército paraguayo, compuesto por unos veinte hombres, tiene su defensa lista, y sus fusiles y cañones apuntan a un enemigo presto para avanzar desde el otro extremo del campo.

La voz anuncia entonces la llegada del ejército boliviano. Se visualizan veinte hombres arrastrándose, acechando la trinchera paraguaya; un tanque los acompaña en su retaguardia. Empiezan a oírse las órdenes desesperadas de los oficiales en ambos bandos.

El relato se interrumpe. Todos están quietos, inmóviles, esperando a que la voz dé inicio a las hostilidades. La expectativa del público crece, así como la tensión creada por el silencio repentino.

De repente, rompiendo la calma, estallan los cañones y se disparan los morteros; llueve plomo sobre Nanawa.
La adrenalina sube y mi corazón palpita tan rápido como el traqueteo de la ametralladora paraguaya. Los cañones bestias (105mm.) escupen truenos que hacen vibrar el aire, y la tierra delante es azotada por los rayos. Cada estallido perfora el suelo y cubre el aire de polvo.

El humo sube y cubre el campo como niebla. La voz del relator se pierde entre los gritos, las explosiones y los disparos. El olor a pólvora quemada llena el ambiente, y la vista se pasea entre todos los eventos que se suceden durante la batalla.

Los espectadores se sobresaltan. Estalla el tanque boliviano con apenas tiempo para darnos cuenta de lo que acaba de pasar. El fuego envuelve el carro y sus piezas vuelan sobre los soldados. Cada disparo de los cañones paraguayos se anticipa con nerviosismo y emoción, como si estuviéramos a punto de recibir un golpe en el pecho.

“…Las tropas bolivianas se lanzaron en un asalto cuerpo a cuerpo contra los defensores paraguayos…”. Nuestras tropas tiran sus rifles y desenfundan sus machetes. De un salto salen de sus trincheras y se lanzan a interceptar al enemigo que viene con toda la intención de no dejar a ningún paraguayo vivo. Los soldados se enzarzan hasta matarse; los cañones y los morteros continúan escupiendo plomo y esquirlas.

El césped queda quemado. El humo flota sobre los muertos. El tanque, ahora un montón de chatarra, sigue humeando.

La gente aplaude.

La representación acaba con los soldados haciendo las paces un 12 de julio. El narrador felicita a la artillería paraguaya, gran heroína de Nanawa. Estamos felices, impresionados y con ganas de más batallas y a mayor escala.

El 4 de julio del 2018, la Artillería paraguaya festejó un año más de su creación, conmemorando también la victoria paraguaya sobre Nanawa.

Así es que, invitados por el general de brigada Aldo Daniel Ozuna, viajamos una mañana fría hasta Paraguarí, asiento del Comando de Artillería del Ejército, del cual el general es comandante.

Allí, la fiesta implicó desfiles de tropas históricas y actuales, premiación a autoridades y a un veterano de la guerra. Celebró la memoria con canciones de la guerra interpretadas con todo el brío y la furia de Francisco Russo, recreó la batalla de Nanawa con cañones recién restaurados para que nosotros pudiéramos vivir una parte del caos y entender la locura que vivieron nuestros soldados, y acabó con el himno de la artillería, entonado por las poderosas voces de cientos de hombres, acompañadas por una banda que producía escalofríos.

“¡Viva la artillería!”, coreaban. La gente estaba emocionada. Hasta se hizo silencio por los muertos.

Yo salí motivado, con un fervor renovado por la patria y por su historia, pero, con el paso del tiempo, también me pregunté si en esta clase de actos no estaríamos glorificando la guerra o el militarismo.

Personalmente, creo que la intención del ejército queda clara en un intercambio que mantuve con el comandante del ejército, el general de ejército Fernando Piris Coronel.

Me explicó que, hoy en día y en estos tiempos de relativa paz, el ejército nacional cumple un papel diferente, ya que hay una menor probabilidad de que volvamos a involucrarnos en guerras territoriales como las de los dos siglos anteriores.

Actualmente, el ejército pelea una batalla igual de difícil, pero en un teatro de operaciones distinto del bélico. Se trata del campo cultural. Se trata de revivir, no la gloria que viene de vencer en la guerra, sino aquella que viene del sacrificio, de la valentía, del honor y de la entrega por la causa nacional y por la defensa del territorio. Se trata de revivir la memoria de esos hombres y mujeres que en aquel entonces hicieron lo que estaba a su alcance para tratar de restablecer aquella paz que la diplomacia y las negociaciones no consiguieron mantener.
Lamentablemente, por supuesto, tuvo que ser a través de la guerra. Pero creo que, justamente, la intención es no volver a repetir los errores de nuestros antepasados, porque ellos son el vivo retrato de lo que ocurre cuando el hombre y la mujer comunes son forzados a dejar su vida para la violencia.

“La cultura y la educación en historia son formas de defensa territorial”, me dijo el comandante Piris. En un mundo donde las fronteras ya no son claras, y la propia cultura nacional se diluye con facilidad, la memoria es lo único que realmente impide que el sacrificio de miles de hombres y mujeres no quede en el olvido.

Creo fervientemente que estas conmemoraciones y actos no son sencillamente una glorificación de la guerra o del ejército, sino que buscan, en lo más profundo, que no nos olvidemos de ellos, del ejército.

Que no nos olvidemos de que este país fue forjado con sangre y acero, más allá de que el papel actual de las FFAA nos parezca confuso o poco definido. Creo que es un llamado, no a salir a luchar, sino a inclinar la cabeza en reconocimiento a la gloria que viene del sacrificio honorable.

Así se desarrolla un proceso en nosotros, pues ese reconocimiento lleva a la humildad; a preguntarnos qué haríamos en el lugar de nuestros abuelos ante una situación similar; si estaríamos a su altura. Esa pregunta también nos lleva a entender que es difícil saberlo, pues nuestra situación es diferente y, si estamos donde estamos, en parte se debe a ellos.

Ese análisis nos puede llevar a la admiración o al desdén, pero es imposible negar que ese conocimiento conlleva una obligación moral, y es la misma obligación que motivó a los veteranos en primer lugar: Sacrificarnos por el país desde el lugar que nos haya tocado ocupar.